25 de abril de 2011

El diluvio del pastorcito mentiroso

Por Jaime Restrepo Vásquez.

No fue una semana “pasada por agua”: lo que vivió el país durante los últimos siete días fue la reedición del diluvio, del que nada ni nadie se salvó.

Sin embargo, ningún colombiano puede decir que semejante situación no había sido advertida con anticipación. Desde la primera temporada de La Niña, ocurrida en noviembre del año pasado, se sabía que la segunda temporada sería más intensa y que el pico de lluvias se presentaría a finales de abril.

Los medios de comunicación se emplearon a fondo para advertir la amenaza de la segunda temporada de La Niña y pocos días antes de Semana Santa, toda la prensa señalaba los peligros de viajar por tierra.

Es más: ya en Semana Santa, medios y funcionarios no paraban de alertar sobre los riesgos de avalanchas en las carreteras e incluso eran enfáticos en señalar los peligros de actividades tan cotidianas como los paseos de olla. Pero todas esas advertencias fueron desatendidas por la ciudadanía, que se lanzó en masa a transitar por las carreteras de Colombia.

Incluso, como si el país viviera una temporada veraniega, los ciudadanos se empeñaron en realizar los tradicionales paseos de olla al borde de los ríos, como ocurrió con muchos caleños que se fueron a orillas del río Pance, muy cerca de Cali, para compartir un rato familiar junto a un río que estaba a punto de desbordarse.

Ante la detección de una fuerte creciente, que pocos minutos después causó grandes estragos en las zonas ribereñas, los cuerpos de socorro tuvieron que hacer presencia en el sector para sacar a la gente empeñada en su paseo de olla. Impactaban las imágenes de una señora que era retirada del lugar, mientras se asía con fuerza a la olla que contenía las viandas que no había podido terminar de cocinar.

Escenas como esa se repitieron durante toda la Semana Mayor. Miles de colombianos decidieron desafiar las fuertes lluvias, los derrumbes, la caída de piedras en las carreteras y las congestiones monumentales, pese a que estaban advertidos.

¿Qué pasó? ¿Acaso a los colombianos nos gusta desafiar los peligros y pasar de largo frente a las advertencias difundidas ampliamente por los medios de comunicación? El caos registrado durante Semana Santa es un indicador que debería llevar a la reflexión a los medios colombianos. No es gratuito el hecho de que ante las alarmas difundidas con generosidad, la respuesta del público haya sido la de ignorarlas y jugarse la vida en aras de pasar una breve temporada de vacaciones lejos del hogar.

Lo ocurrido en Semana Santa es un indicador inquietante de la nula credibilidad que tienen los medios de comunicación colombianos: o la gente no ve telenoticieros, ni lee periódicos, ni oye emisoras de noticias, o sencillamente no les cree, o supone que están exagerando, y decide arriesgarse porque no va a pasar lo que todos los medios están anunciando.

¿A qué se deberá semejante ausencia de credibilidad? No es la primera vez, en la historia reciente, que los colombianos deciden lo opuesto a aquello que los medios quieren imponer. De hecho, hace un año, los ciudadanos le dieron la espalda a Antanas Mockus y la creación mediática y artificial del liderazgo verde en las encuestas, se desinfló estruendosamente en las urnas.

Es más: si se evalúa el trabajo de demolición que han hecho los medios y la mayoría de los periodistas contra la persona y el gobierno de Álvaro Uribe, y si gozaran de la credibilidad que suponen, el apoyo al ex presidente estaría liquidado y lo que él dijera no tendría importancia alguna en el ámbito nacional.

Sin embargo, ni las alertas basadas en la ciencia, ni la unificación en torno a un candidato, ni la detonación semanal de escándalos —nuevos o reciclados— han causado el impacto que esperarían unos medios respetados y honrados con el privilegio de la credibilidad. Al revés: en Colombia hace carrera el hecho de llevarle la contraria a la prensa tradicional y hacer lo opuesto a lo que recomiendan. Todo lo anterior se llama falta de credibilidad.

Lo que los medios no admiten es que muchas de sus acciones, abiertamente interesadas en su beneficio particular, destruyeron la credibilidad de la que disfrutaron. Abundan ejemplos de esta situación: el caso del tercer canal de televisión, al que RCN y Caracol dedicaban una parte de sus emisiones diarias, cuestionando todo lo concerniente a la iniciativa, demostró que la intención era impedir la entrada de un nuevo jugador a competir por el mercado de la televisión, lo que fue detectado y rechazado por el público.

En radio, la bondad y ternura con la que Darío Arizmendi, Julio Sánchez y Félix de Bedout, entre otros, trataban a Antanas Mockus en las entrevistas, llevaron a los oyentes a comparar el tono y la forma como esos mismos “periodistas” se lanzaban como lobos hambrientos en contra de Juan Manuel Santos. El desequilibrio evidente generó la sensación de una conjura contra el candidato del entonces presidente, y por esa vía, el público respaldó al que sentía más vulnerable frente a las fieras mediáticas.

Es que la mentalidad de los medios, y de la mayoría de periodistas colombianos, en la que se consideran aristócratas que deben guiar a la plebe desinformada y siempre crédula, es solo una anécdota histórica opuesta a la realidad del país. De hecho, esa visión del público como plebe, y la idea sobrevalorada de ser los líderes cuyas opiniones deben ser acatadas sin cuestionamiento alguno, los ha sumergido en un abuso de poder del cual la ciudadanía se ha venido sacudiendo al punto de negarles la credibilidad aun a costa de su propia integridad.

Ahora, cuando el público tenía que considerar las advertencias sobre los peligros de la segunda temporada de La Niña, la credibilidad de los medios hizo crisis. Las diversas situaciones ocurridas durante la última semana demuestran que a los ciudadanos no les importa lo que diga la prensa, pues de tanto abuso, de tanto sesgo y de tanto montaje, los medios y los periodistas quedaron convertidos en el pastorcito mentiroso, cuyos alaridos de alarma son ignorados y despreciados por los colombianos.

6 comentarios:

Noájida dijo...

Y esto nos lleva a la reflexión.
O estamos pasados de crear medios independientes , o por fin las nuevas tecnologías están pavimentando el camino para que las gentes logren hacerse a la información autónomamente, claro, con los riesgos que la "libertad" genera, pero es mejor que mirar la caja mágica, idiotizados con el acostumbrado manoseo mediático.

Andrea Suzana dijo...

Excelente artículo

Me pregunto si realmente los medios han perdido credibilidad o es que los colombianos tenemos la mala costumbre de llevar la contraria, saltarnos la ley y hacer lo que se nos dé la gana.


Un ejemplo es que durante la campaña de los verdes se dijeron muchas cosas que eran ciertas sobre el señor Santos y simplemente pasamos por alto los antecedentes y seguimos adelante sin medir las consecuencias.


En cierta forma suena bien eso de que los medios ya no tengan credibilidad porque todas sus campañas de desinformación no tienen ningún efecto y éstos se están desgastando replicando mentiras que nadie escucha. PREOCUPA que esa actitud no sea sólo frente a los medios de comunicación sino que sea una apatía generalizada y que frente a un mensaje importante o a una convocatoria para oponernos al desastre que se avecina sigan siendo sordos y creyendo que esos asuntos y advertencias tienen poco o nada que ver con ellos. Sin duda es algo para reflexionar.

Simpliciano dijo...

Atrabilioso,Andrea,Noajida

http://www.elnuevoherald.com/2011/04/24/928527/micheletti-alerta-sobre-maniobras.html

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Somos un pueblo de dura cerviz,no hacia falta que los Verdes nos alertaran sobre la inconveniencia de escoger a la Presidencia a J.M.Santos, sus mismas actuaciones politicas pasadas, estudiadas con detenimiento nos mostraban esa figura fatidica que gracias a nuestra indolencia y sus componendas llego al fin al Palacio de Nari~o.

...y seguimos bailando con los pastores...

Atrabilioso dijo...

NOÁJIDA:

Ese asunto de la independencia es complejo, pues más allá del deslinde entre prensa y grandes potentados monopolistas, el asunto se debe concentrar en el manejo equilibrado de la posición ideológica y, sobre todo, en la reducción de intereses a la hora de publicar: cuando hay puestos, contratos y privilegios de poder, ya no hay información sino propaganda y en eso incurren muchísimos de los medios que se soportan en las nuevas tecnologías.

Un abrazo.

Atrabilioso dijo...

ANDREA SUZANA:

Su pregunta sobre la costumbre de llevar la contraria es muy pertinente, y creo que hay que profundizar en un hecho: si existe esa costumbre, puede ser consecuencia de una reacción (rebeldía) contra la imposición unánime de aquello que interesa y conviene a los medios de comunicación.

En cuanto a la campaña presidencial, el asunto tiene sus orígenes en la tozudez de la segunda reelección, en la caída de esa propuesta, y en la improvisación del advenedizo portaestandarte del uribismo, consecuencia del descuido del propio Uribe de estructurar liderazgos de relevo. La decisión era complicada: ¿Mockus, con un programa que ahora está desarrollando Santos, o Juan Manuel Santos, como el ungido de Uribe?

Ahí es prudente pensar: ¿Se equivocó Uribe al recomendar a Santos? Para muchos es evidente la respuesta afirmativa a lo anterior. Entonces, ¿por qué Uribe no ha reconocido su error?

Coincido también en su preocupación sobre la apatía, pues eso es consecuencia de algo que el ciudadano percibe: medios y poder son una sola gavilla y por eso la credibilidad y la desidia frente a sus discursos.

Un abrazo y gracias.

Atrabilioso dijo...

SIMPLICIANO:

Creo que la elección de Santos muestra a un pueblo obediente a los designios de quien es percibido como líder, al punto de acatar su guiño y votar copiosamente por el ungido.

Es más: la línea fundamental de los verdes no fue la crítica a Santos, sino la demolición de Uribe y de los uribistas, tildándonos de indecentes y atajistas.

En cuanto a Santos, el primer responsable de su presidencia es Uribe Vélez, pues la miopía lo llevó a no diseñar un plan B frente al absurdo de la segunda reelección, o peor, a escoger un improvisado relevo en la presidencia.

¿Cuál indolencia nuestra? No veo que hubiese un camino distinto al que señaló, en las últimas de cambio, el propio Uribe... ¿o acaso sugiere que la indolencia fue no votar por Mockus?

Un abrazo.