Por Jaime Restrepo Vásquez.
Eran las siete de la noche. De repente recibí una llamada en la que me
informaban que mi padre había sido asesinado por las FARC, cuando se dirigía hacia Bogotá para celebrar con mi madre, ese mismo día, el aniversario
de matrimonio.
En ese momento, el país estaba sumergido en un caótico paro nacional, mientras se “avanzaba” en el proceso de San Vicente del Caguán.
No voy a narrar las peripecias que tuvo que hacer mi familia para recibir el
cadáver y trasladarlo a Bogotá, pues nadie con sentido común recorría la vía
que comunicaba a la capital del país con los Llanos Orientales. Era la época de
las pescas milagrosas en esa carretera, controlada por los terroristas al mando
de ‘Romaña’.
Varios años después se presentó la
ocasión de hablar con el asesino de mi padre, un joven oriundo de Puerto Rico,
Meta. Nos sentamos y comenzamos a
conversar sobre tonterías que fueran despejando el ambiente para abordar el tema
que teníamos en común.
Las preguntas estaban atoradas en mi
garganta. Sin embargo, lancé la más
obvia de todas: ¿por qué lo mataron? Es que la incertidumbre era total, pues no
sabía si la orden había surgido simplemente porque mi padre era militar
retirado o por algún tema de la finca que él poseía en los Llanos.
Finalmente me enteré que la orden la
precipitó la vanidad, pues había desafiado las órdenes del narcoterrorista ‘John
40’. Es que mi padre llegó incluso a la necedad
de buscarlo durante varios días hasta encontrarlo en su campamento. En esa reunión, mi padre le dijo, a grito herido, que no le
pagaría vacuna alguna, que si lo tenía a bien, se llevara la casa, el ganado,
las gallinas, los gansos y hasta los perros; y que después volviera y sacara la
tierra y que en ese hueco, él se quedaría a vivir sin dejarse extorsionar.
El asunto es que, según relató el
asesino, semejante reto no fue pronunciado
en privado, sino delante del harem de niñas adolescentes que tenía el tal ‘Jhon
40’, al que llamaba su guardia personal.
Sorprendido ante la estupidez “heroica”
de mi padre, el terrorista no tuvo reflejos suficientes para
entender de inmediato, el golpe dado a su vanidad. Pero en la mente del jefe de las FARC, y gran
capo del narcotráfico en los Llanos, quedó la imagen de ese anciano que
deambuló varios días por trochas y potreros, a lomo de mula y sin un alfiler
para defenderse; solo para decirle en su cara que no estaba dispuesto a
entregar la cuota anual que las FARC cobraban a través de la Junta de Acción
Comunal de la vereda en la que estaba ubicada la finca.
La conversación se extendió por varios
minutos, en los que el sujeto me decía que él había asesinado a mi padre,
cumpliendo órdenes de su jefe. Ese
hombre disminuido, encerrado y sin el poder de un fusil, me movió más a la
lástima que al rencor. Al finalizar el
encuentro, estrechamos nuestras manos y debo confesar que sentí un alivio
inmenso, el mismo que se vive cuando despertamos de una pesadilla: ¡Lo perdoné!
Sin embargo, durante toda la
conversación no pasó por mi mente el discutir con el asesino los negocios de mi
padre, ni acordar con él la forma como administro mis finanzas, ni mucho menos
pensé en debatir algún aspecto relacionado con las reglas y normas acordadas en
mi hogar… Era el asesino de mi padre, logré perdonarlo, pero de ahí a
entregarle algún poder o influencia sobre mi vida o sobre mi familia, hay una
distancia infinita y un cúmulo de impedimentos morales y éticos.
Tampoco pensé en premiarlo con dinero, o
contratarlo como encargado de la finca –de la que finalmente se posesionó el
capo ‘John 40’–, aunque ese día salí convencido de no hacerme parte civil
dentro del proceso que se adelantaba por la muerte de mi padre.
Han pasado muchos años. Es de Perogrullo decir que el 31 de agosto es
un día distinto, que marca en mi vida principios y finales. Justo en esta fecha tengo que decir que este
es el último post de Atrabilioso: después de siete años la redundancia se
vuelve habitual y he llegado a un punto en el que debo escoger entre señalar la
tragedia nacional que nos imponen o concentrarme en mis creencias de tal forma
que pueda erradicar de mis palabras –habladas o escritas– la maldición que
significa narrar la cotidianidad del país.
A todos los que hicieron posible esta
temeridad, a los que contribuyeron con sus escritos, su trabajo y sus opiniones
en Atrabilioso; a los pocos o muchos que nos leyeron, mi gratitud perenne.