31 de agosto de 2012

31 de agosto de 1999


Por Jaime Restrepo Vásquez.

Eran las siete de la noche.  De repente recibí una llamada en la que me informaban que mi padre había sido asesinado por las FARC, cuando se dirigía hacia Bogotá para celebrar con mi madre, ese mismo día, el aniversario de matrimonio. 

En ese momento, el país estaba sumergido en un caótico paro nacional, mientras se “avanzaba” en el proceso de San Vicente del Caguán. No voy a narrar las peripecias que tuvo que hacer mi familia para recibir el cadáver y trasladarlo a Bogotá, pues nadie con sentido común recorría la vía que comunicaba a la capital del país con los Llanos Orientales. Era la época de las pescas milagrosas en esa carretera, controlada por los terroristas al mando de ‘Romaña’.

Varios años después se presentó la ocasión de hablar con el asesino de mi padre, un joven oriundo de Puerto Rico, Meta. Nos sentamos y comenzamos a conversar sobre tonterías que fueran despejando el ambiente para abordar el tema que teníamos en común.

Las preguntas estaban atoradas en mi garganta.  Sin embargo, lancé la más obvia de todas: ¿por qué lo mataron? Es que la incertidumbre era total, pues no sabía si la orden había surgido simplemente porque mi padre era militar retirado o por algún tema de la finca que él poseía en los Llanos. 

Finalmente me enteré que la orden la precipitó la vanidad, pues había desafiado las órdenes del narcoterrorista ‘John 40’.  Es que mi padre llegó incluso a la necedad de buscarlo durante varios días hasta encontrarlo en su campamento. En esa reunión, mi padre le dijo, a grito herido, que no le pagaría vacuna alguna, que si lo tenía a bien, se llevara la casa, el ganado, las gallinas, los gansos y hasta los perros; y que después volviera y sacara la tierra y que en ese hueco, él se quedaría a vivir sin dejarse extorsionar.

El asunto es que, según relató el asesino,  semejante reto no fue pronunciado en privado, sino delante del harem de niñas adolescentes que tenía el tal ‘Jhon 40’, al que llamaba su guardia personal. 

Sorprendido ante la estupidez “heroica” de mi padre, el terrorista no tuvo reflejos suficientes para entender de inmediato, el golpe dado a su vanidad.  Pero en la mente del jefe de las FARC, y gran capo del narcotráfico en los Llanos, quedó la imagen de ese anciano que deambuló varios días por trochas y potreros, a lomo de mula y sin un alfiler para defenderse; solo para decirle en su cara que no estaba dispuesto a entregar la cuota anual que las FARC cobraban a través de la Junta de Acción Comunal de la vereda en la que estaba ubicada la finca.

La conversación se extendió por varios minutos, en los que el sujeto me decía que él había asesinado a mi padre, cumpliendo órdenes de su jefe. Ese hombre disminuido, encerrado y sin el poder de un fusil, me movió más a la lástima que al rencor. Al finalizar el encuentro, estrechamos nuestras manos y debo confesar que sentí un alivio inmenso, el mismo que se vive cuando despertamos de una pesadilla: ¡Lo perdoné!

Sin embargo, durante toda la conversación no pasó por mi mente el discutir con el asesino los negocios de mi padre, ni acordar con él la forma como administro mis finanzas, ni mucho menos pensé en debatir algún aspecto relacionado con las reglas y normas acordadas en mi hogar… Era el asesino de mi padre, logré perdonarlo, pero de ahí a entregarle algún poder o influencia sobre mi vida o sobre mi familia, hay una distancia infinita y un cúmulo de impedimentos morales y éticos.

Tampoco pensé en premiarlo con dinero, o contratarlo como encargado de la finca de la que finalmente se posesionó el capo ‘John 40’, aunque ese día salí convencido de no hacerme parte civil dentro del proceso que se adelantaba por la muerte de mi padre.

Han pasado muchos años.  Es de Perogrullo decir que el 31 de agosto es un día distinto, que marca en mi vida principios y finales.  Justo en esta fecha tengo que decir que este es el último post de Atrabilioso: después de siete años la redundancia se vuelve habitual y he llegado a un punto en el que debo escoger entre señalar la tragedia nacional que nos imponen o concentrarme en mis creencias de tal forma que pueda erradicar de mis palabras –habladas o escritas la maldición que significa narrar la cotidianidad del país.

A todos los que hicieron posible esta temeridad, a los que contribuyeron con sus escritos, su trabajo y sus opiniones en Atrabilioso; a los pocos o muchos que nos leyeron, mi gratitud perenne. 

27 de agosto de 2012

“Si no existieran los medios, no existiría el terrorismo”


Por Jaime Restrepo Vásquez

Hace algún tiempo, buscaba el tema para mi post semanal y justo en esos días, las FARC habían cometido toda suerte de tropelías en diversos puntos de la geografía nacional.

El tema estaba servido en bandeja de plata. Sin embargo, sentí que era demasiado fácil y redundante el abordar ese asunto, pues los medios estaban consagrados a difundir y a justificar el salvajismo de las FARC.

Además, ¿yo por qué tendría que servir como instrumento para cumplir con los propósitos del grupo terrorista de doblegar a la nación para que, trémula de pavor, exija la salida negociada al conflicto? En ese momento rondó por mi mente una justificación para escribir sobre el tema: tratar de mostrar otro ángulo y dejar en evidencia, una vez más, la relación entre el propósito político del apaciguamiento entronizado en el gobierno y el incremento del terrorismo de las FARC y del ELN. 

Sin embargo, con ese fin, resulta inevitable abordar las acciones específicas de terror, discriminarlas por el número de muertos o las innumerables víctimas que deja cada feroz arremetida de las FARC: ¿O no son víctimas, por ejemplo, los tumaqueños o los araucanos, quienes hoy padecen la falta de electricidad como consecuencia de las prácticas terroristas de los “humanitarios y pacifistas”? Pero eso poco importa, pues en el Tugurio Capital Bogotá, para sus admiradores se entusiasman casi hasta el paroxismo, con la sola mención de la paz a cualquier precio.

Hablar de la barbarie, finalmente, termina cumpliendo con el objetivo del terrorismo, que es diseminar el pánico a través de los medios para presionar a la ciudadanía a identificarse y resignarse con sus imposiciones políticas e ideológicas.

Esas consideraciones se convirtieron finalmente en un obstáculo formidable a la hora de escribir, pues terrorismo y política van de la mano, sobre todo cuando un gobierno está empeñado –contra todo asomo de sensatez en negociar las leyes con los terroristas y premiar a los criminales “altruistas”. 

Para alguien que busca hacer periodismo de opinión, la mención del terrorismo finalmente se puede evitar. Aunque resulte difícil, hay otros temas que no pasan por la agenda de terror que quieren imponernos a la fuerza en Colombia. 

No obstante, los medios de prensa si se ven obligados a publicar las acciones del terrorismo, pues existe un compromiso de informar a la ciudadanía.  Entonces, ¿qué y cómo informar? Sobre el qué, la respuesta no debería generar dudas y todo lo que ocurra, necesariamente tendría que ser dado a conocer por los medios de comunicación. 

Sin embargo, la complicidad con el actual gobierno llevó a los medios a esconder su alineamiento detrás de una supuesta prudencia, llegando incluso a la procacidad de sesgar la información para dar la sensación de que la autoría de los ataques terroristas no es de las FARC, sino de unas fuerzas oscuras que hasta la fecha, nadie se ha dignado individualizar. 

Con el paso de los días, y en voz baja, algún funcionario gubernamental da a conocer que las FARC estuvieron detrás de la monstruosidad, pero con el público ya saturado de los detalles de un atentado, y con nuevos hechos de terror con carne y sangre más frescas; los medios les dan poca visibilidad a los responsables de las atrocidades. Claro que eso finalmente es una excusa, pues en realidad la prensa en general ha hecho su mejor esfuerzo para tratar de ocultar la participación de las FARC o del ELN en los atentados y demás episodios del terrorismo colombiano.  

En cuanto al cómo difundir la información, en Colombia se han visto algunas iniciativas irrelevantes, como no transmitir un ataque terrorista mientras se produce, o presentar las imágenes en blanco y negro, de las tragedias ocasionadas por los terroristas. Tales saludos a la bandera contrastan con la detallada cobertura de los sucesos relacionados con el terrorismo, como las liberaciones de secuestrados, que recibieron tal difusión que finalmente las FARC obtuvieron un botín importante en cuanto al posicionamiento de la falaz imagen de humanitarios.

Es más: ¿A quién le importa lo que diga un terrorista como ‘Fabián Ramírez’? Que un noticiero de televisión le haya dado un enorme despliegue al mismo discurso trasnochado de las FARC, es la confirmación de la desfiguración colombiana del concepto de noticia, que es la difusión de un hecho novedoso, o la transmisión de una comunicación antes desconocida.  En la aparición de ‘Fabián Ramírez’ en horario Triple A, no había ninguna novedad –salvo que está vivo, lo que se pudo informar en poco menos de 20 segundos y lo que dijo, letra por letra, es el mismo conjunto de arengas y desafíos de las FARC, ampliamente conocido por la ciudadanía. 

Así las cosas, ¿cuál era el interés de ese canal al transmitir la alocución del terrorista? Mucho me temo que el asunto pasa por una agenda en la que el medio se convierte en cómplice del terrorismo, transforma las arengas en noticias exclusivas y contribuye a generar un ambiente de mayor zozobra en el que se va generalizando la idea de que la única salida posible es la negociación de las leyes con los criminales “altruistas”. 

Que ‘Fabián Ramírez’ aparezca tranquilamente en televisión, envía un mensaje que connota la recuperación del poder de las FARC, incluyendo la reconquista de territorios en los que ya no temen la presencia de las Fuerzas Armadas, pues sencillamente no están, o yacen en los cuarteles o son frenadas por órdenes superiores o fiscales comprometidos con la causa terrorista.

Ante semejante situación, percibida por el televidente común, la salida es la negociación, que presume ingenuamente, servirá para contener el avance de los terroristas. Además, como ya existen los mecanismos para el “éxito” de esos diálogos –Marco jurídico para la paz y los hermanitos Fidel Casiano y Raúl Modesto han prestado la isla de su propiedad para los encuentros entre terroristas y representantes del gobierno, pues solo queda en la retina del televidente la sensación de que la única salida es premiar medio siglo de barbarie con puestos, prebendas e impunidad. 

Me superó el hastío. Otra vez terminé publicando sobre la misma tragedia, con los mismos actores, y con la certeza de que es inútil tanto la redundancia como el ejercicio de escribir sobre Colombia.  Es tiempo perdido. 

22 de agosto de 2012

El Coronell sí tiene quien le escriba

Colombia lamentablemente sigue siendo un país lleno de toda clase de personajes pútridos y malintencionados, a quienes no les interesa la verdad sino las maneras y la propaganda.
Eso se pudo comprobar con la campaña de amedrentamiento que hicieron los esbirros de personajes mediáticos como Daniel Coronell y Hollman Morris a raíz de un desafortunado mensaje que publicó en Twitter un abogado de Medellín que se hace llamar Héctor William Morales. El comentario, que si bien no pasa de ser muy inapropiado, fue usado para montar toda una campaña de intimidación ni siquiera contra él, sino contra mí, por mi largo recorrido por redes sociales criticando a la izquierda colombiana.
Observen que fueron dos comentarios de la cuenta del abogado Morales, @hwmorales, dirigidos el primero a otro usuario @MAWBARNEP66, y el segundo a mí, @DieGoth_. Sin embargo enseguida empezaron algunos distraídos (que al final del día terminaron siendo muchos militantes izquierdistas twitteros) que me atribuyeron la autoría del mensaje, que curiosamente no pasa de ser la invocación de un fantasma para cometer un homicidio, lo cual es más un amedrentamiento que una amenaza de muerte auténtica.
Si bien yo seguía a @hwmorales, decidí bloquearlo en la mañana al encontrar la avalancha de insultos que me dedicó la milicia coronelliana, no sin antes dedicarle varios mensajes de rechazo a su comentario:
Sin embargo, la manada de cibersicarios no se fijó en eso. Su objetivo era aprovechar algunos retweets malintencionados donde eliminaron al autor original y me dejaron a mí como el supuesto autor de la pseudo amenaza a Coronell. Y el incidente no hubiera pasado de ser un desfile de distraídos que no saben reenviar un mensaje o leerlo con atención, si no fuera porque el mismo Coronell, y su compañero de calumnias mediáticas Hollman Morris, intervinieron para alimentar la campaña propagandística en que sus esbirros convirtieron el mensaje de @hwmorales. Para eso también se valieron de dos oscuros personajes: una alucinada ex secuestrada que no ha podido superar el síndrome de Estocolmo que le dejó su aventura en el avión de Avianca secuestrado por el ELN, y un pseudo “periodista” que no tiene ni el menor asomo de hombría para rectificar sus propias mentiras cuando se las restriegan en la cara:
Le he preguntado a la lunática @leszlikalli de qué piensa acusarme, cosa que no ha sido capaz de responder. Sin embargo insiste en inculparme por la pseudo amenaza de Morales, e intenta ubicarme con todo y foto:
Puro amedrentamiento, buscando silenciarme. ¿Y qué hay del “periodista” Gonzalo Guillén (@HELIODOPTERO)?
Guillén afirma que “los sicarios uribistas” (me incluye) “confiesan que Castaño es su asesino preferido”. @HELIODOPTERO afirma inicialmente que YO soy autor de la pseudo amenaza a Coronell. No importa cuántas veces varios usuarios le enviaron mensajes diciéndole que yo no tuve nada que ver con esa amenaza. Insistió en su “profesión periodística”:
El cínico “periodista” insiste en llamarme “sicario”, y prosigue con la campaña de intimidación alegando que envió a la Fiscalía mi “foto”. Noten que no llama “sicario” a @hwmorales, el autor de la “amenaza”, sino a mí.
Hasta inquietante se vuelve la cacería que monta Gonzalo Guillén, invitando a los milicianos coronellianos a lucrarse económicamente con la campaña de intimidación:
Así ya el asunto es de dinero, poniendo un precio a mi cabeza. Curiosamente lo hace alguien que vive quejándose de los falsos positivos, y ahí lo tienen, fabricando uno con sus propias manos. Y para justificar su actuación ilícita, me atribuye una responsabilidad inexistente, pues yo jamás reenvié la “amenaza” de @hwmorales como cualquiera puede constatar en Twitter:
La falta de hombría de Gonzalo Guillén lo lleva a insistir en culparme, atribuyéndome cosas que jamás dije ni hice, y negándose a responder las exigencias que muchos le hicimos de que aclarara que yo no fui el autor de la “amenaza”. Pero así es el “periodismo” a la colombiana: especulación barata, mentiras, manipulación, algo muy típico en el semi hombre Gonzalo:
Una vez más, el “periodista” Guillén confirma cuál es su propósito intimidatorio contra mí:
Y así el semi hombre alentó a un nuevo sicario mediático para silenciarme, @edgarac22:
No sólo a ese esbirro, sino al mismísimo Daniel Coronell llamó la atención su campaña intimidatoria:
Para Coronell es muy conveniente toda esta campaña: se victimiza, así sea a costa del fantasma de Castaño, se da el lujo de "chuzar" a quién sabe quién para averiguarle hasta la CC a Morales, y de paso alienta a sus cibermatones a darme cacería asimilándome a alguna “causa” de Morales. Y lo mejor es que él sólo tiene que reenviar dos o tres mensajes, y toda su milicia hace el trabajo el resto del día. Y en eso le ayuda un tenebroso colega que se ha codeado con los principales comandantes del grupo terrorista farc, en ánimo de “entrevista”, claro está:
¿Por qué Morris sugiere que alguien que me conozca revele mi identidad? Si le sumamos la “recompensa en dinero” que el “periodista” Guillén quiere ofrecer, ahí tenemos armada una manera de silenciar a alguien que les ha resultado incómodo. Siendo un simple anónimo, es extraño que se ensañen conmigo estos oscuros personajes usando como pretexto un mensaje que ni siquiera escribí, ni mucho menos apoyé. Pero más extraño es que la pseudo amenaza de @hwmorales no era la primera. Ya en septiembre pasado había hecho una muy similar, sin mencionarme, y entonces la jauría coronelliana no reaccionó como hoy, precisamente porque no tenían manera de implicarme en su campaña de odio e intimidación. ¿Por qué? Porque a quien @hwmorales mencionó DEL MISMO MODO QUE HIZO HOY CONMIGO, fue a @juanmurs, uno de la tropa de ellos:
¿Cómo es que nadie se confundió con @juanmurs y no le atribuyeron el mensaje inapropiado de @hwmorales? Simple: @juanmurs no es alguien a quien les interese acallar ni intimidar. A Hollman Morris no le interesa ubicar a alguien de su bando, y a Coronell no le interesa hacerse propaganda victimizándose a costa de uno de los suyos, cuando puede recurrir a un contradictor.
"Hay que actuar". Realmente son muchísimos los mensajes insultanes que he recibido a raíz de la “amenaza fantasmagórica” de @hwmorales a Daniel Coronell, ya que toda la milicia rabiosa me cayó encima como no se molestó en hacerlo con el propio Morales, quien al final fue el autor del mensaje.
Un pretexto para convencerme que lo mejor es callarme y bajarle el volumen a mis críticas contra Coronell y Morris.
¿Pero saben qué lograron con esto? Destapar su hipócrita actitud de farsantes, porque lo último que haré es modificar mi actitud, excepto en lo que respecta a mi seguridad personal, porque lo último que me interesa es ver a un periodista que ha entrevistado comandantes guerrilleros invitando a la cibertropa a “ubicarme” con foto en mano.
Apenas un puñado de los que me saltaron encima sin leer el mensaje original se dignó entender que no fui el autor de la "amenaza" y uno que otro hasta llegó a disculparse conmigo. Pero muchos de los que viven haciendo campaña en #apoyoaCoronell fueron de los más rabiosos milicianos que no les importó quién fue el autor de la amenaza. En vista de que el abogado Morales no es tan activo crítico de sus campañas como yo, el objetivo claramente era dar un golpe moral a todos los que nos movilizamos contra las mentiras y las farsas mediáticas que montan "periodistas" como Daniel Coronell y Hollman Morris, y sus esbirros de menor categoría como Gonzalo Guillén.
La tropa cibersicarial me reclama mi lenguaje agresivo, ¿pero quién recibe con flores y chocolates a una manada de agitadores que lo acusan de haber escrito algo que a la vista de todos pertenece a otra persona? Es porque en Colombia lamentablemente importan más los modales que los hechos. El elegante asesino es admirado mientras a los demás se les niega hasta el derecho a indignarse.
A los demás que sí saben leer un trino y entenderlo, y me apoyaron desde un principio, les agradezco todo el respaldo, y seguiremos mostrando al mundo que la podredumbre en Colombia se disfraza de "buenas maneras" (a veces, sólo a veces lo hacen) para tapar su actitud profundamente hipócrita y malintencionada para acallar las voces críticas.

30 de julio de 2012

Indignados, indignos e indios,


Por Jaime Restrepo Vásquez.

¡Hola, veo mucha indignación contra Piedad Córdoba! Ese discurso veintejuliero que se echó frente a muchos “indios” blancos o bien mestizos  porque no todos eran miembros de la guardia indígena, hizo que hasta el propio ministro de la Defensa saliera a despotricar de la “pobre perseguida”.

Alguna colombiana despistada –eso sí, doctora y convencida de su alta alcurnia me dijo que no era justo que atacaran así a la única colombiana que ha logrado la liberación de los secuestrados. 

Es que al ver a la defenestrada, muy oronda y muy maja, despachándose contra el Ejército, la Policía y hasta contra el presidente de la llave de la “paz"; se le nota cierta cara de llavero: puede que Memel tenga la tal llave, pero está metida en un llaverito llamado Piedad Córdoba, que se le pierde con facilidad, aunque finalmente, llavero y propietario terminan encontrándose una y otra vez.

¿Estamos bravitos con la del turbante? ¿Y por qué? ¡Ah, cierto! Pidió que tumbaran a Juan Manuel y eso molesta a más de uno, pues se supone que ese privilegio solo lo tienen los tiburones uribistas pura sangre y no la chavista-santista de la Córdoba.

En cambio, yo no me siento indignado… las “indignaciones” se las dejo a esos amarillistas y sensacionalistas que han usufructuado la violencia urbana en los medios de comunicación. También les cedo la indignación a los oportunistas que en el colmo de la originalidad crearon un movimiento –más bien parsimonioso- que se llama Manos limpias por Colombia, aunque el silencio que guardaron frente a las arengas de Piedad Córdoba –en comparación, por ejemplo, con la airada reacción frente a las declaraciones de Juan Manuel Corzo sobre la platica para la gasolina y el doble rasero de su militancia, podría darles la clave para renovar el nombre y convertirse en indignos para Colombia.

Entonces, vuelve y juega, no me indigno con Piedad Córdoba, ni pido que la procesen judicialmente, como si tuviera la esperanza de que algún día la justicia colombiana fuera capaz de renunciar a las dádivas chavistas que llegan a Asonal Judicial y sus operadores tuvieran algo distinto en sus cabezas al pensamiento comunista, que les incubaron desde su más tierna infancia y después pulieron en las “universidades” del país.

Es que de tanto ver la realidad de la justicia colombiana, perdí la ingenuidad de creer que algo bueno, o positivo para el país, podría salir del poder judicial, una estructura que opera solo desde la óptica política, actúa de acuerdo a las simpatías o antipatías que despierta el perseguido y  solo procede conforme a las presiones de los “doctos” periodistas colombianos… ¡Como nos aleja de la verdadera paz, esa farsa que tenemos por justicia!

Y como no me indigno, pues escucho con atención lo que dijo la defenestrada en el Cauca, y compruebo que no es nada distinto a lo que ha venido repitiendo a lo largo y ancho del planeta: revolución, derechos, justicia social, revocar a todo el mundo y cosas por el estilo. Me perdonan los indignados con Piedad Córdoba, pero lo de ella no son discursos sino arengas adobadas con lugares comunes e intentos pueriles de propaganda comunista, como si su capacidad de oratoria se restringiera a unas cuantas frases hechas, que repite sin parar, adaptándolas a las circunstancias del momento.

¡Caramba! La Córdoba va y reparte platica para que los indígenas se amotinen, seguramente les recuerda los compromisos entre el chavismo y los cabildos indígenas –es decir, entre las FARC y los representantes de los resguardos- les da cuerda para caldear los ánimos y después agarra su turbante, se quita las botas, se monta en su camioneta blindada y regresa a la comodidad de la ciudad, mientras los indios, como Mambrú, se van a la guerra.

Y ahí está la situación ética que deja en evidencia, todo el proceder del chavismo y de su ejército privado, las FARC: la destituida senadora liberal, con la plata de Chávez, no quería respaldar a los indios, ni apoyarlos en la recuperación de sus tierras “sagradas”, en las que cultivan cosas nada sagradas, pues lo sagrado no tiene precio. Lo que ella quería, en un desprecio infinito por las tribus que habitan al norte del Cauca, es que se encargaran de frenar al Ejército y azuzaran a la Policía, de tal forma que algún soldado o policía que sintiera copada su posición, diera inicio a una masacre de incalculables proporciones. 

Mientras Piedad Córdoba les hablaba de justicia, paz y vida; ella solo veía los pedazos de carne en los que se convertiría su auditorio… La del turbante anhelaba un baño de sangre para desprestigiar a las Fuerzas Armadas y motivar a los conmovidos “indignados” a presionar el despeje de la zona para las FARC. También soñaba con un campo de batalla carmesí, de tal forma que pudieran presionar la judicialización de los mandos militares del Cauca, todos ellos con una larga trayectoria en la persecución al terrorismo.

¿Y el número de bajas que dejaría la puesta en marcha de la estrategia? Le importaba tanto como la liberación de Ingrid Betancourt, a quien ordenó mantener en cautiverio.

Pero Piedad Córdoba no se quedó a encabezar la asonada: Ella debe pensar que su vida vale mucho, como para arriesgarla al compartir el hedor de una batalla… esas son cosas que le deja a la turba de indios que dice amar y representar.  La del turbante quería sangre, esa que dicen las canciones de protesta, sirve para abonar la tierra de la revolución; pues con una masacre cumpliría la misión para la que fue enviada al Cauca desde Caracas... Así son los comunistas del siglo XXI.  

AL CIERRE: La campaña Libérenlos YA nació en Atrabilioso hace cinco años, por una idea de Jaime Ruiz, y a ella se unieron, en su momento, más de 200 blogs de todo el planeta… Parece que las “Manos limpias” de los “Indignados por Colombia” solo sirven para copiar, y por estar pensando en la “pulcritud”, carecen de tiempo y cabeza para crear un nombre o un concepto y tienen el descaro de afirmar que ellos fueron los creadores de la campaña… ¡Qué suciedad, la de las “manos limpias”!

AL CIERRE II: Nos volvemos a encontrar el 27 de agosto.

23 de julio de 2012

¿Cuál independencia?


Por Jaime Restrepo Vásquez.

Durante muchos años me aparté de la celebración de la independencia colombiana. Es más: veía con lástima a los alumnos de los colegios públicos que ubicaban en las aceras, con una banderita de papel que agitaban al paso de los desfiles.

Creo que el fastidio se intensificó en 1992, cuando el país festejaba el 20 de Julio mientras Pablo Escobar se “independizaba” del control gubernamental y emprendía el proceso que terminaría con su fuga de la cárcel de La Catedral.  Aquel día, en pleno desfile militar, comenzaron a circular los rumores sobre la inminente fuga del líder del Cartel de Medellín.  Sin embargo, con una candidez insultante, muchos pensábamos que eso no podría ocurrir, pues se suponía que el gobierno tenía un impresionante dispositivo de control interno y externo de la “cárcel”.

Pero no. El gobierno de César Gaviria simplemente había acordado con el capo del narcotráfico, un sitio en el que reposara de la persecución y pudiera llamar al orden (léase ejecutar) a algunos socios que se habían declarado en rebeldía.

Es más: el control interno de la cárcel lo tenía Escobar, pues la guardia estaba integrada por gente cercana al Cartel y en lugar de custodios, eran escoltas que protegían al capo del narcotráfico.

Semejante desidia gubernamental, unida a la estupidez mayúscula de un funcionario, facilitaron la fuga del autor intelectual de buena parte de la Constitución del 91. Mientras finalizaban los festejos de la “independencia”, ya estaba todo cocinado para que, en la noche del 21 de julio, los “reclusos” de La Catedral se amotinaran como parte de una estrategia de fuga que incluía la consabida predisposición al diálogo.

Esa noche, en la puerta de La Catedral se amontonaron militares y policías, pero ninguno se atrevió a ingresar.  Ante la situación, el entonces viceministro de Justicia, Eduardo Mendoza, decidió entrar a la “cárcel” para entablar una negociación con Escobar y solucionar mediante el diálogo, la crisis que se vivía en Envigado.  El resultado: Mendoza fue tomado como rehén y sirvió de escudo para que Escobar finalmente huyera de la cárcel.

En pleno motín, el gobierno ordenó el repliegue de las Fuerzas Armadas y dispuso que solo mantuvieran el “control visual” del sitio, cayendo por completo en la trampa política de dialogar para buscar soluciones por fuera de la ley.  Lo que se requería en aquel momento era la intervención de militares y policías para controlar el motín, y no la disposición para negociar con un grupo de peligrosos e ingeniosos criminales y terroristas, como los que estaban recluidos en La Catedral. 

Esa determinación de dialogar, como lo deja ver la distancia que permite el paso del tiempo, solo sirvió para que los terroristas de Escobar cobraran la vida de centenares de colombianos y pasaran por encima del imperio de la ley.

Ahora, veinte años después, justo en la celebración de los 202 años del grito de independencia, se agotó mi hastío por el 20 de Julio para dar paso a un profundo dolor por la situación de esta “patria soberana” sometida a las presiones de la “dialoguitis” y la negociación tramposa en la que unos cuantos obtienen una patente de corso para pasar por encima de las normas y de la ley.

Es que el resurgimiento de la “dialoguitis”, como supuesta solución para la crisis que se vive en el norte del Cauca, y para todos los males que padece el país en general; se basa en la misma celada que tendió Pablo Escobar para huir de La Catedral. Dos décadas después, con distintos actores –aunque coincidentes en el negocio del Cartel de Medellín las presiones son enormes, como lo deja ver un trino de Ernesto Samper en el que sostiene que un presunto acuerdo humanitario es la solución para conciliar la presencia militar con el reclamo de los indígenas del Cauca.

¿Por qué conciliar la legítima presencia de las Fuerzas Armadas en todo el territorio nacional? ¿Acaso negociar un “acuerdo humanitario”, estilo Samper, no implica desconocer el imperio de la ley y buscar atajos alejados de las normas vigentes? ¿Nos resignamos entonces al estilo de la Corte Suprema y del actual gobierno, quienes consideran válido el dinamitar las normas por una sola vez? 

Solo se puede sentir tristeza por el sometimiento e indiferencia de los colombianos ante los devaneos de los terroristas, llámense narcotraficantes, políticos del Cartel de Cali o usufructuarios del crimen “altruista”… Entonces ¿cuál independencia?