Sin duda, el mayor obstáculo para el referendo reeleccionista, a corto plazo, es el tiempo estipulado en los artículos 8 y 9 de la ley 996 de 2005. El primero indica que “la inscripción de los candidatos a la Presidencia de la República con su fórmula vicepresidencial se iniciará con cuatro (4) meses de anterioridad a la fecha de votación de la primera vuelta de la elección presidencial”.
Entre tanto, el artículo 9 es mucho más preciso: ”El Presidente o el Vicepresidente de la República que aspiren a la elección presidencial, de conformidad con las calidades establecidas en la Constitución Política, deberán declarar públicamente y por escrito su interés de presentarse como candidatos, seis (6) meses antes de la votación en primera vuelta.”
Se sabe que el uribismo ya está empeñado en quitar este otro obstáculo legal del camino y si es preciso, harán una reforma urgente a la ley que, si todo les sale bien, estaría lista para el próximo mes de diciembre.
Claro que el uribismo también tiene la mira puesta en el otro obstáculo de gran tamaño: el censo electoral. Actualmente el referendo necesitaría 7.4 millones de votos, pero con una reforma de último momento, la consulta sobre la reelección necesitaría cerca de cuatro millones de votos, pues el umbral no sería calculado con el total de ciudadanos aptos para votar, sino con el número de colombianos que participaron en las últimas elecciones. Básicamente el uribismo justifica esta idea en la “necesidad de depurar el censo electoral”. Curiosamente esa necesidad no surgió durante los últimos ocho años y solo se presenta cuando hay que asegurar el triunfo del referendo.
¡Qué peligro! Si la ley se interpone en el camino, no hay intenciones de acatarla sino de modificarla para beneficio particular. Si hay una regla que impide el atajo, hay que modificarla para que despeje la entrada de par en par.
Si hay algo que genere malestar y conflicto (de la subversión en armas y de toda la violencia que hemos vivido) es el cambio abusivo de las reglas del juego. Cuando surgió la desafortunada idea del referendo para la segunda reelección, y fue presentada ante el Congreso, la norma que regía –y rige aún- es que el candidato tiene que anunciar sus intenciones con seis meses de anticipación, lo que significa que Uribe tendrá que hacerlo antes del 30 de noviembre.
Como los tiempos son cortos, cosa que he sostenido desde hace mucho tiempo, entonces la maquinaria uribista hará los ajustes necesarios (léase cambios abusivos a las reglas del juego) como un atajo que les permita realizar la consulta a como dé lugar.
Tienen razón quienes afirman que la democracia se basa en el respeto y acatamiento sumiso a la ley: no veo cómo se puede progresar en un país cuyos dirigentes hacen cuanta triquiñuela se les ocurre para imponer sus ambiciones a través de la aplastante decisión de las mayorías que dicen representar a los ciudadanos.
Me niego a admitir que la fórmula “redentora” contra la subversión del orden legal sea exactamente igual a la enfermedad que supuestamente va a resolver: ciertamente estamos viviendo una dictadura encabezada por los despreciables magistrados de la Corte Suprema de Justicia, quienes acomodan las leyes y los conceptos jurídicos, de acuerdo a los intereses sectarios que los gobiernan. Ese grupúsculo de tiranos togados tiene el enorme poder de decidir sobre la libertad y el buen nombre de los ciudadanos y ejerce su dictadura con total arbitrariedad y acomodándose rápidamente para responder políticamente lo que solo debería abordar desde lo jurídico.
Un ejemplo claro es la última providencia de la Corte Suprema de Justicia, según la cual los congresistas, aunque renuncien a su curul, seguirán siendo investigados por la Sala Penal en el caso de la parapolítica. Una de las tantas justificaciones resulta aterradora: “El cambio de jurisprudencia se debe a que en las decisiones anteriores se había pasado por alto la coyuntura histórica y social del país”.
Hacer ajustes de última hora, cuando muchos ciudadanos han sido autorizados a beneficiarse de una norma, es un exabrupto. Por encima de las presuntas consideraciones coyunturales, en el ejercicio de la justicia, que no se practica en Colombia, prima la igualdad y la equidad.
Sin embargo, es la misma consideración que están exhibiendo los promotores del referendo: la coyuntura histórica y social del país, basada en un enredo denominado el Estado de opinión, clama por la segunda reelección de Uribe. Entonces, bajo esa premisa, hay que cambiar las reglas del juego, modificar la ley y acomodarla de tal manera que el “clamor” sea un mandato.
Surge entonces la pregunta: ¿si es tan mayoritario el clamor, por qué bajar el censo electoral? Es que los amigos de la segunda reelección están sumergidos en un mar de confusiones. El día siguiente a la aprobación de la conciliación en la Cámara, recibí un correo en el que se felicitaban los promotores del referendo y decían que “a pesar de las dificultades y las trampas de la oposición aliadas con sectores de la Corte Suprema, anoche (…) fue aprobada la ley del Referendo.”
¡Qué confusión! Estar en contra de la segunda reelección no significa militar en las filas de la oposición: muchos nos oponemos a la segunda reelección, pero aplaudimos y respaldamos las políticas del Presidente y aspiramos a que sigan siendo aplicadas en Colombia. Pero los promotores están tan confundidos, que intentan mezclar, en el mismo crisol, a los antiuribistas con aquellos que nos oponemos al propósito del referendo, llevando la situación a la radicalización.
Si mi postura contra la segunda reelección es interpretada como antiuribismo, pues que así sea… es preferible el encasillamiento a cohonestar el cúmulo de arbitrariedades que se vienen por cuenta de un capricho caudillista.
Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.