6 de agosto de 2010

Bienvenido, señor Uribe

Por Jaime Ruiz


En una escena de la encantadora versión televisiva de Guerra y Paz, el padre del príncipe Bolkonski le dice a su hijo, que había sido dado por muerto en Austerlitz, algo como "Es muy curioso, has muerto como un héroe pero al mismo tiempo disfrutas de estar vivo". Igualmente, el buda Shakyamuni se había librado de seguir en la rueda del samsara pero al mismo tiempo seguía existiendo, por pura compasión hacia los sufrientes, necesitados de su orientación.

Parecida es la situación en que el señor Uribe está a punto de entrar. Por una parte ya es historia, con más peso que cualquier líder político colombiano del siglo pasado, pero al mismo tiempo sigue siendo el referente decisivo de la política colombiana y el líder en el que se reconoce la mayoría de la gente. Perderá el mando sobre las instituciones, pero dada su capacidad de influir sobre la gente tendrá más poder que cualquiera de los que ostentan cargos públicos.

Semejante situación es a un tiempo un privilegio y una opresión, y mucho me temo que para Uribe será al principio más bien lo segundo, acostumbrado como está a la mística de la acción y el corto plazo: de los resultados tangibles y la microgerencia. Sobreponerse a esa nostalgia, acostumbrarse a que la política del día a día es tarea de otros, es el primer desafío que tiene que afrontar el casi ex presidente.

Y será tanto más duro cuanto que los pasos dados hasta ahora por su sucesor hacen pensar en un retorno de los noventa. Mejor dicho, de algo reconocible en los noventa pero en realidad más antiguo y más profundo, y que es lo que en últimas está en la base de la tragedia colombiana de la segunda mitad del siglo XX. El señor Uribe tiene que meterse en la cabeza no sólo que ya no es el presidente, sino que casi seguro tendrá que ser oposición, salvo que quiera jubilarse y dedicarse a defender su labor de gobierno. Ésa es la segunda tentación que tiene que, en mi opinión, rechazar.

Pero insisto, el poder del señor Uribe es inmenso, otra cosa es que sepa hacer uso de él. Basta con borrar las palabras "corto plazo" de cualquier determinación que se tome para entenderlo. Basta con meterse en la cabeza que la sociedad colombiana no necesita sólo a alguien apropiado a la cabeza del Estado, sino una conciencia clara y una determinación firme para superar sus taras. Que más que buenas medidas del gobierno los colombianos necesitamos saber qué queremos y qué rumbo vamos a tomar.

Para empezar, como líder indiscutido de cierta "derecha sociológica", el señor Uribe podría plantearse organizar un partido guiado por un ideario claro y formado por personas ilusionadas por hacer del país una democracia como las de Europa y Norteamérica, y no sólo por aspirantes a funcionarios que suscriben cualquier retórica con tal de asegurarse el nombramiento y el acceso al presupuesto. ¿Lo hará? Por ahora es el único que puede hacerlo, pero no parece muy claro que se lo plantee.

Como figura reconocida en todo el continente y aun en Europa, Uribe puede liderar la denuncia del chavismo y de las complicidades con las bandas terroristas. Nadie que examine a fondo la retórica y la actuación de las ONG como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, así como de cierta burocracia de la ONU, puede albergar ninguna duda de que explotan los derechos humanos para conseguir el premio de los crímenes terroristas. Si el señor Uribe publicara un libro en el que copiara y analizara el sentido y la oportunidad de esa retórica, relacionándola con la realidad, ese libro podría no sólo vender millones de ejemplares, sino golpear el tinglado chavista-terrorista tanto como la Operación Jaque.

Más importante aún: puede que la misma persecución de los malhechores de las altas cortes le permita pensar en la necesidad de superar la Constitución de Pablo Escobar y el M-19. Es algo que debería inquietar a la sociedad colombiana, pero es que esa sociedad es intelectualmente indigente y la forman más bien la clase de personas que sacan provecho (o sueñan con sacarlo) del orden inicuo impuesto por el tinterillo que llegó a presidente por elección de un niño, en componenda con los secuestradores y masacradores, con quienes aspiraba a reconciliarse para superar los odios (lo que lo hace digno precursor de Juan Manuel Santos).

Algún día los colombianos entenderán la necesidad de que haya leyes. Parece que se la planteaba Santander hace 200 años, pero con el bodrio protochavista del 91 se encontró el atajo por el cual se podría prescindir de ellas (no los que no usan ruana, sino aquellos cuya familia no la ha usado nunca): la acción de tutela, que pone en manos de unos funcionarios todopoderosos los recursos comunes, y hasta las libertades públicas, sólo con invocar buenas intenciones y derechos fundamentales, que disfrutan los clientes de esos funcionarios y pagan los demás, a la manera de la antigua Roma.

Pero una decisión clara del señor Uribe de promover una nueva norma adelantaría ese proceso por varias décadas. Claro que es muy dudoso que lo haga, porque a pesar de su enorme aptitud y su enorme pasión , y a pesar del cariño que ha encontrado entre la mayoría de los colombianos, el señor Uribe ha mostrado tener sus limitaciones en materia de visión política (la patochada de la segunda reelección lo demuestra, y es la verdadera causa de que el poder haya caído en manos de las sempiternas camarillas de intrigantes).

Pero son sólo ejemplos de las portentosas posibilidades que tiene ante sí el nuevo ex presidente. Lo mismo podría liderar proyectos empresariales, periodísticos, pedagógicos, cívicos o culturales. Pero a pesar de la muy probable bonanza que vendrá (este mismo año podría llegarse a un crecimiento del 6 % del PIB), la gente echará de menos a un líder político aplicado y resuelto que sabe qué quiere.

Ayer se quejaba Noel Carrascal en este blog de la indefinición ideológica de la sociedad colombiana, que se aferra a "ismos" formados por nombres de personas y no de visiones del mundo. Esa indefinición sólo expresa la confusión ideológica, y aun moral, que acompaña a la barbarie. El nuevo gobierno la acusa: la amplitud de miras es la disposición natural de quien no tiene otras que salir en la foto de las rumbas y acudir a los cocteles a codearse con gente importante, todo a costa de los mismos que pagan las tutelas, obviamente. De políticos que tienen, como decía Galdós, unos ojos pequeñísimos para las ideas y grandísimos para los negocios. De aquellos para quienes los valores son sólo un adorno, el sacoleva del orangután.

Por eso, y porque un gobierno formado por esa vasta componenda y liderado por un presidente que no vacilaba en defender la segunda reelección de su predecesor pero se convirtió, una vez elegido, en el aliado de sus enemigos (a tal punto que Germán Vargas Lleras anuncia que consensuará con los magistrados la reforma a la justicia, que es como si alguien acordara el Código Penal con los delincuentes) muy pronto se mostrará incapaz de contener la corrupción y aun de hacer frente a las crecientes insolencias de los chavistas, el liderazgo de Uribe seguirá siendo el más importante del país. Ortega y Gasset decía que la vida humana estaba menos determinada por el afán de jerarquía que por la ejemplaridad. El ejemplo de Uribe marcará a los colombianos por mucho tiempo, y el contraste con el sucesor que se buscó por no aprovechar su prestigio hace cinco años para promover un nuevo partido y una nueva constitución lo hará aún más importante.

Me jacto de ser el primero que publicó por escrito la idea de que Uribe fuera candidato a la Alcaldía de Bogotá (que sin duda se le habrá ocurrido antes a mucha gente). Es muy probable que, visto el golpe de timón hacia el vacío que está dando el nuevo gobierno, esa opción se haga inevitable para evitar la dispersión del uribismo. Lo único claro es que otro candidato uribista perdería frente a Peñalosa y aun a Mockus. Pero se trata sólo de una de las muchas posibilidades que tiene Uribe ante sí.

5 de agosto de 2010

Definir las corrientes políticas con el nombre del líder momentáneo no es conveniente

Por Noel Carrascal

Decir que el uribismo continuará con Santos es casi un oxímoron. No sólo Santos y Uribe son políticos muy diferentes sino que han recibido las riendas del país en circunstancias también muy diferentes; por lo tanto es natural que Santos se diferencie de Uribe y que la esencia del uribismo empiece a parecer anticuada. Esto es consecuencia de la poca definición de las vertientes políticas en Colombia y debe cambiar para poder tener políticas de largo plazo que sean consistentes. El rumbo político del país no puede ir o venir con la aparente similitud, o contraste, del líder del momento con el anterior.

La coalición del Gran Acuerdo de Unidad Nacional es evidencia de esta poca definición. Parecería un acto político de mucho equilibrio tener a liberales y conservadores juntos de no ser porque sus diferencias son mínimas en práctica: los dos parecen más interesados en la repartición de la torta burocrática que en diferenciarse del otro en políticas de gobierno.

Esta poca definición permite que políticos como Santos y Noemí hayan militado en diversos partidos sin que parezca que hayan cambiado en sus posiciones políticas. Esto no es bueno para el país, no nos permite caracterizar con confianza a los políticos. Recientemente emergió un Mockus muy difícil de definir con certeza. Los partidos políticos deben emerger como marcos ideológicos que definan a grandes rasgos las posiciones políticas de sus candidatos.

El país puede estar experimentando una unidad causada por el interés de marcar un contraste con las FARC y Chávez. De ahí que difícilmente se puedan distinguir los matices ideológicos de los integrantes de esta nueva unidad nacional.

Colombia necesita entrar en una era de partidos políticos renovados. No hay necesidad de que Colombia experimente con vertientes políticas exóticas bajo etiquetas caudillistas, esto es riesgoso. Si los partidos políticos colombianos se consolidan y se alinean con vertientes políticas en otros países, podríamos usar los resultados de políticas implementadas en otros países como guía antes de seguir sus pasos, o para evitar destinos indeseados.

Recientemente, Colombia ha empezado a sentir los síntomas de la enfermedad holandesa. Si estudiamos lo que Holanda sufrió, podríamos evitar muchos efectos negativos eligiendo candidatos que se identifiquen con las políticas de los partidos que ayudaron a este país. Reglas fiscales son importantes en este caso. La disciplina fiscal también nos evitaría terminar en quiebra como Grecia. Por otro lado, el miedo a terminar como Venezuela es posiblemente la principal razón de la falta de éxito electoral de la izquierda colombiana.

Y aunque seguir en los mismos cauces de vertientes políticas de otros países nos ayuda a anticipar los resultados de la soluciones que le damos a nuestros problemas, debemos también liderar con decisiones que por nuestras circunstancias especiales nos obligan a experimentar. La erradicación de las drogas y el azote de las politizadas cortes internacionales requiere que Colombia sea la que marque tendencias antes de esperar por los resultados de soluciones a estos problemas en otros países.

Todo esto es más difícil de lograr si los partidos políticos se siguen definiendo con los apellidos de sus líderes más prominentes. Lo ideal no sería un sistema bi-partidista sino una arena política con tres vertientes: De izquierda, derecha y de opinión. Necesitamos los extremos que nos definan las políticas y un sector de centro y de opinión que actué como atenuador de los vicios que traen los duopolios políticos.

4 de agosto de 2010

(del grupo Yo no como Mockus)


Lo que dijo Alfonso Cano

Por Eduardo Mackenzie

Hay que oír a alias Alfonso Cano pero sin dejarse hipnotizar por su lenguaje paradójico. Hay que descifrar su mensaje real, rescatar su esencia, sin caer en las trampas de lo subliminal, de la lógica de la mentira que se ofrece como verdad.

Cuando él intitula su video de propaganda “conversaciones con la guerrillerada”, el utiliza una fórmula paternalista, coloquial y hasta amable. Quiere crear un ambiente: el de alguien que dialoga con otro ante un grupo de niños exploradores. Ese mensaje, donde, en realidad, no hay diálogo, es otra cosa: una serie de instrucciones verticales del jefe terrorista de las Farc, a sus aparatos secretos y visibles, en el campo y en la ciudad, en especial a sus aguerridas milicias y a sus hábiles aparatos civiles, legales e ilegales, en las ciudades. Hay también un mensaje que apunta a la clase política colombiana y, en particular, al gobierno entrante.

Lo primero es ver los anuncios velados. Cano dice que la guerra jurídica se incrementará contra el alto gobierno saliente y que para eso las Farc utilizarán sus palancas dentro de la justicia colombiana y sus cómplices en la justicia internacional.

Otro anuncio que hace Cano: el papel de sus agentes dentro de la Corte Suprema de Justicia, en esa actividad conspirativa contra las instituciones y contra los líderes y las personalidades políticas del país, se debe consolidar. Su alcance debe ser ampliado. Cano hace un elogio explícito de la CSJ. Ese elemento es quizás el más revelador de ese mensaje. Cano saluda “lo que hace la CSJ”, la felicita por “vincular por crímenes de lesa humanidad a un grupo muy selecto de los llamados parapolíticos”. Los magistrados honestos de la CSJ deberían preocuparse, preguntarse al menos, qué hay detrás de la enigmática frase del jefe terrorista.

En esa frase, Cano fija una meta y designa un método: la meta es empapelar judicialmente al mayor número de personalidades del sistema, de los partidos y de las fuerzas armadas. El método: mediante acusaciones e inculpaciones sobre todo tipo de crímenes, incluidos los de lesa humanidad. Acusaciones trucadas, claro está, que pueden terminar en absoluciones, pero que durante años pueden paralizar y desmoralizar a sus adversarios, sobre todo destruir su credibilidad y su autoridad moral y política.

Ante esa consigna de Alfonso Cano es bueno recordar lo que dijo, el 25 de mayo de 2010, el ministro colombiano de Defensa, Gabriel Silva: “Desde Venezuela se coordina el plan de inteligencia para desprestigiar al presidente Álvaro Uribe, utilizando toda clase de artimañas”.

Cano por eso le sugiere al nuevo gobierno esto: “recomponer el régimen”, es decir, traicionar los ideales y los programas del uribismo y de la seguridad democrática. Alfonso Cano dice eso sin disimular nada: “recomponer el régimen político pues está empapado de ilegitimidad”, etc. El resto de epítetos que él emplea no tiene importancia.

Cano trata de invertir el orden natural de las cosas, trata de poner el mundo a caminar por la cabeza, cuando dice que las Farc son “opositores políticos” y que los “terroristas” son el Estado y el gobierno. Cano apela al viejo truco de jugar con la realidad cuando dice que la seguridad democrática “no es un arma contra la guerrilla revolucionaria”, sino contra “la oposición política y hasta contra los indiferentes”.

Sin embargo, Cano guarda silencio respecto del estado de sus fuerzas. Eso dice mucho. No dice, por ejemplo, que la seguridad democrática fortaleció a las Farc. No lo dice, aunque hubiera podido decirlo, lanzado como está a la tarea de convertir lo blanco en negro. No se atreve, quizás, a decirlo. Es evidente que las Farc están, en buena parte, aniquiladas, que sobreviven gracias a que se han refugiado en Venezuela, a que una parte de sus jefes está fuera del territorio colombiano. Cano no lo admite, pero él mismo se ve demacrado y fatigado. Cano está vestido de civil, como alguien que está en fuga constante. No da la impresión de ser un jefe militar que perora desde un terreno seguro o semi estable. ¿Lanzó su discurso desde el extranjero? ¿Por eso su interés en dar la impresión de que está rodeado de combatientes uniformados y armados?

El otro mensaje que Cano envía es el del diálogo político. Ante ese punto capital, Cano pide a su gente, y al gobierno, no sólo que crea que lo blanco es negro, sino que diga que lo blanco es negro y que olviden que algún día creyeron lo contrario.

Cano espera que en el nuevo gobierno, cuyas declaraciones respecto de las Farc y el narcoterrorismo son de combate resuelto, habrá al menos un eslabón débil, dispuesto a escuchar el viejo canto de las sirenas.

Esa propuesta es absurda. Al mismo tiempo que califica de “criminal” al gobierno, el jefe de un movimiento terrorista en desbandada supone que ese mismo gobierno aceptará buscar con él un “punto de confluencia” para “identificar las dificultades” y llegar a la paz.

Es decir, el propone que la fuerza que domina el terreno jurídico, político y militar, el Estado colombiano, se someta a los caprichos de la fuerza derrotada. Cano anuncia que el campo subversivo, que trata de destruir la democracia y la economía desde hace 50 años, mediante el terrorismo y la barbarie, está dispuesto ahora a “construir un sistema democrático” con la detestada “oligarquía”.

El resto del discurso de Cano es rutinario. Es la verborrea habitual, los clisés recalentados, las falsificaciones habituales sobre el sistema colombiano que acuñaron en los años cincuenta y sesenta los Gilberto Vieira y los Jacobo Arenas.

3 de agosto de 2010

La teoría de las ventanas rotas

Por: Miguel Yances Peña. myances@msn.com

En 1969, en la Universidad de Stanford (EEUU), el Prof. Phillip Zimbardo realizó un experimento de psicología social. Dejó 2 autos abandonados en la calle. Eran 2 autos idénticos: la misma marca, modelo y hasta igual color. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y el otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California.

El auto abandonado en Bronx en pocas horas perdió todo lo aprovechable, y lo que no, lo destruyeron. En cambio el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto. Comportamiento que demuestra –según los científicos- que el delito está asociado a la pobreza.

Hubiera sido mejor concluir que “a las necesidades”, y los pobres son los que mas tienen; pero no son los únicos. Si se hubiera colocado un botín mayor, por ejemplo recursos públicos, el efecto podría haber sido contrario: los ricos lo hubieran tomado, y los pobres por físico miedo no lo hubieran tocado.

Sin embargo, el experimento en cuestión no finalizó ahí. Cuando el auto abandonado en el Bronx ya estaba deshecho y el de Palo Alto llevaba una semana impecable, los investigadores rompieron un vidrio del automóvil de Palo Alto, y entonces fue desvalijado igual que el de Bronx. La conclusión de los científicos en este caso, fue que un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de no tener dueño, de no importarle a nadie que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que vale todo. Nuevamente la analogía con los dineros públicos es insoslayable.

Cada nuevo ataque que sufría el auto sin que alguien se preocupara del mismo, reafirmaba y multiplicaba esa idea, hasta que la escalada de actos, cada vez peores, se volvía incontenible, desembocando en una violencia irracional. No dudo que los ladrones en este caso fueran los mismos de Bronx, porque los más ricos, que también tienen necesidades, menos pero mayores, no roban migajas.

La conclusión final fue que: primero, si se cometen "pequeñas faltas" (estacionarse en un lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja) y las mismas no son sancionadas, entonces comenzarán faltas mayores y luego, delitos cada vez más graves; y segundo, extrapolando, si se permiten actitudes violentas como algo normal en el desarrollo de los niños, el patrón de desarrollo será de cada vez de mayor violencia, y cuando estos niños sean adultos actuarán de manera delictiva, pero teniendo la certeza de que esos actos no son ilegales, porque de niños "aprendieron" que esa actitud era "normal".

En resumen, dicen los científicos sociales, si se combate un delito pequeño se evita el desarrollo de un delito mayor...

Y si se recuperan y se mantienen en buen estado los parques y otros espacios públicos deteriorados, agrego yo, serán respetados y cuidados por los ciudadanos. Igual que si se pavimentan las vías de los barios, los vecinos poco a poco empezaran a mejorar sus viviendas y a incrementar el sentido de pertenencia que reducirá la ocurrencia de delitos.

De ahí la importancia de que la obra públicas se realicen no donde salgan mas barata, si no donde mejor impacten a la comunidad.

2 de agosto de 2010

Santos lo tiene todo… ¿será capaz?


Por Jaime Restrepo.

El horizonte de Juan Manuel Santos se vislumbra razonablemente despejado, pues inaugura su mandato con una especie de conjunción de todos los astros en la casa de la fortuna.

El capital político de Santos es invaluable: A los 9 millones de votos obtenidos el 20 de junio hay que añadir la coalición del Gran Acuerdo de Unidad Nacional en la que prácticamente todos los sectores convergen en el favorecimiento del nuevo gobierno.

Esa convergencia ya mostró el primer resultado: el recontra uribista Armando Benedetti fue elegido Presidente del Senado con 101 votos a favor y uno, solo uno en contra. Semejante unanimidad, a la que evidentemente también se apuntaron el Polo Democrático y el Partido Verde, dejan el Congreso con una oposición prácticamente inexistente, lo que le puede conceder a Santos la facilidad de impulsar algunas de las reformas que planteó durante su campaña.

El único voto en contra de Benedetti fue el del senador Jorge Robledo, quien minutos antes de la elección había anunciado oficialmente que el Polo, del que fungió como vocero, se declaraba en oposición del gobierno Santos. Pero esa oposición, a juzgar por el resultado de la votación de la Mesa Directiva del Senado, sólo alcanzó para el discurso incendiario y en los hechos quedó triturada. Sin embargo, con una oposición mezquina, soberbia y desesperada como la demostrada por el Polo durante los 8 años de gobierno Uribe, no es mucho lo que se pierde con su ausencia práctica.

Aunque semejante unanimidad del legislativo le permite a Santos avanzar rápidamente en muchos temas, también demuestra la fragilidad de la estructura democrática colombiana, pues indica que el nuevo presidente arranca con la unificación del poder ejecutivo y legislativo en torno a su corriente política, lo que se presenta como una prueba que demostrará el talante y la responsabilidad de Santos como estadista. Claro está que lo de Benedetti es fruto de los pactos para la repartija de cargos en el Congreso, pero no se puede despreciar la hasta ahora desconocida capacidad de negociación y entendimiento de todos los sectores políticos representados en el legislativo.

Al tren del Gran Acuerdo de Unidad Nacional llegaron pasajeros de todas las vertientes, incluido César Gaviria, viudo de poder quien apostó a los dos caballos que disputaron la segunda vuelta: con un discurso mockusiano, Gaviria adhirió a Santos, presionado por las clientelas liberales hambrientas, que fueron excluidas de la burocracia durante tres cuatrienios. Es más: hasta el furibundo antisantista Ernesto Samper se ha visto mesurado con Juan Manuel, no sea que por alguna impertinencia, sus huestes sigan en la calle y sólo puedan seguirse manteniendo gracias a las limosnas que les arroja el dictador a través de Monómeros.

Otro hecho importante es que Uribe le despejó el camino a Santos para que trate con Venezuela: arranca de cero y en el establecimiento de un nuevo escenario bilateral, la presencia amparada de terroristas colombianos en el virreinato cubano de la pequeña Venecia será un elemento latente que ni Chávez ni Santos podrán evadir.

En cuanto a lo económico, las proyecciones de crecimiento para este año son alentadoras, y el anuncio de las perspectivas en materia de hidrocarburos para el próximo año, hacen pensar que Santos tendrá un amplio margen de maniobra para ejecutar sus planes en materia social, incluyendo la generación de empleo y el ajuste de sus “locomotoras” que halen el tren de la prosperidad democrática.

Si se miran por separado, las fortalezas del próximo gobierno se pueden interpretar como amenazas, pues 9 millones de votantes endosados por Uribe pueden convertirse en una masa electoral difícil de complacer, sobre todo si el futuro Presidente decidiera atender las súplicas desesperadas de algunos que quieren a toda costa presenciar un distanciamiento radical entre Santos y Uribe. No obstante, semejante aspiración es producto de los delirios que no se compadecen con la astucia que Santos ha demostrado a lo largo de su carrera política: si satisface al electorado, tendrá una buena mano para presentarse a la reelección en 2014.

Otra fortaleza que se podría vislumbrar como amenaza es el unanimismo no solo del legislativo sino de casi la totalidad del aparato político colombiano. Evidentemente, el ingreso al Gran Acuerdo de Unidad Nacional implica transacciones y tajadas burocráticas que le resultará difícil de satisfacer. Pero ese unanimismo tiene que conformarse con una realidad: La U y el partido Conservador cuentan con mayorías aplastantes en el Congreso y los demás podrían aparecer como simples números que unidos o separados, no alcanzan para conquistar la mayoría en el legislativo. Entonces, las aspiraciones pueden ser enormes, pero la realidad electoral implica que sus ambiciones aterrizarán y se ubicarán en sus justas proporciones.

La fortaleza económica se ve bien, pero algunas aves de mal agüero han presagiado la enfermedad holandesa. Con lo que se niegan a contar es con el conocimiento de Santos en materia económica, que unido al excelente equipo que lo acompañará, seguramente espantará cualquier asomo de esta enfermedad en la economía nacional.

Sin embargo, sería torpe abordar por separado las fortalezas del próximo gobierno: unas equilibran a las otras y eso le permitirá a Santos enfrentar los primeros tiempos sin muchas dificultades.

Pero no nos engañemos: no importa el nombre del presidente, ni los apoyos políticos que tenga, ni el número de votos obtenido, ni el desempeño económico del país… la gran amenaza del país, esa que desfigura cualquier buena gestión, es la creciente dictadura de los jueces. Mientras no se enfrente la crisis judicial colombiana, con voluntad e incluso con la disposición de sacrificar algún capital político, difícilmente algún gobierno alcanzará las metas propuestas.

No es posible hablar de democracia, cuando el ciudadano del común siente, con justificación, una enorme desconfianza por los operadores judiciales. Tampoco se puede hablar de independencia de poderes, cuando dichos operadores se atribuyen funciones legislativas e incluso ejecutivas, plasmadas en decisiones irresponsables que afectan al país.

Ya que Uribe perdió la oportunidad histórica de emprender una revolución judicial, la tarea le queda a Santos, a ver si es capaz de enfrentar ese monstruo deforme y corrupto, con una reforma real a la operación judicial colombiana. Las cortes y los tribunales no pueden seguir como burladeros en los cuales, algunos políticos mediocres pasan el tiempo hasta alcanzar la edad de jubilación. Tampoco puede continuarse con una justicia que acomoda las leyes a sus intereses y pugnas de poder.

Si Santos realmente quiere pasar a la historia como el generador del desarrollo nacional, tendrá que emprender la revolución judicial, prestando oídos sordos a las presiones políticas nacionales e internacionales, para reformar la Constitución del 91 y estructurar un aparato judicial decente y respetable, que de verdad cumpla con la premisa de pronta y oportuna justicia mediante una estructura de méritos que solo permita a los mejores asumir la responsabilidad de impartir justicia.

Eso no se arregla con componendas ni acuerdos que perpetúen a los ineptos que ocupan la mayoría de los cargos en el poder judicial: muchos sectores del país, comenzando por abogados respetables, claman por una revolución judicial que permita confiar en la justicia y creer en la majestad de los fallos por el convencimiento de la ecuanimidad y de la sabiduría de los jueces, lo que permitirá desterrar la impunidad promovida por la mediocridad de los operadores y sobre todo, inaugurar en Colombia la concreción de la justicia como un elemento fundamental de convivencia, bienestar y democracia.

AL CIERRE: Uno de los testigos de los “falsos positivos”, quien declararía que presenció la participación de algunos de los asesinados de Soacha en actos delictivos, fue asesinado hace pocos días. Otros testigos, y los abogados defensores de los militares, han sido amenazados. Algunos queremos conocer la verdad sin sesgos y sin la injerencia de los palurdos que asesinan a aquellos que pueden dejar en evidencia el montaje elaborado por sus patrones contra las Fuerzas Armadas.