6 de noviembre de 2009

24 años sin justicia

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Resulta imposible la aspiración a la justicia, si los operadores de esa rama del poder llegan al extremo de llevar a juicio a un acusado con testimonios comprados o sin respetar el derecho universal de confrontar a los acusadores.

24 años después de la toma del Palacio de Justicia, en un acto de revisionismo judicial, el único oficial del Ejército que dio la cara en medio de la catástrofe del Palacio, el coronel Alfonso Plazas Vega, es el chivo expiatorio de una estrategia que pretende neutralizar a los militares mediante la intimidación judicial que desarrolla un grupo de feroces inquisidores liderados por el Colectivo de Abogados Alvear Restrepo. Atrabilioso tuvo acceso a piezas importantes del expediente que dejan serias dudas sobre el proceso que se adelanta contra Plazas Vega.

El testigo que nunca ha sido confrontado

El primer falso testigo, un fantasma que nunca ha hecho presencia física ni en las audiencias, ni durante la investigación, ni en el juicio; aparece como Edgar Villarreal. Sin embargo, la cédula de ciudadanía 13’452.278 y la firma corresponden a Edgar Villamizar Espinel, el verdadero nombre del testigo, quien además si está registrado en los archivos del Ejército.

Edgar Villamizar, alias Edgar Villarreal, trabajó como investigador del CTI de la Fiscalía hasta el 2003. Efectivamente Villamizar es Cabo retirado, pero nunca perteneció a la Escuela de Caballería, de acuerdo a los archivos del Ejército.

El 6 de noviembre de 1985, Villamizar estaba adscrito a una unidad militar ubicada en Granada, Meta, lo que hace imposible que participara en el operativo del Palacio de Justicia. Además, dentro de las pruebas que aportó la defensa del Coronel Plazas Vega hay una declaración en la cual, un militar que estaba asignado a la unidad de Granada, recuerda que Edgar Villamizar Espinel lo atendió, durante los primeros 15 días de noviembre de 1985, en el dispensario de la unidad. En este sentido, el declarante afirma que recuerda incluso que Villamizar le prestó un dinero para comprar una moto. ¿Villamizar tiene el don de la ubicuidad?

Sin embargo, el nombre de Edgar Villamizar surge solo en el año 2006, cuando sorprende con una declaración escrita en la Escuela de Caballería. Curiosamente la diligencia en la que aparece el testigo Villamizar se realizó sin la presencia de los abogados de la defensa, ni del acusado, lo que ratifica a la imposibilidad del Coronel de confrontar a sus acusadores, una constante en el proceso contra el militar retirado.

El testigo presencial que estaba en la cárcel

El segundo testigo “estrella” del proceso contra Plazas Vega es Tirso Sáenz, un Cabo retirado del Ejército que no aparece en los archivos como participante en la operación del Palacio de Justicia. Es que no puede aparecer, pues como consta en una resolución del 27 de febrero de 1985, Tirso Sáenz estaba privado de la libertad por el delito de hurto.


Unos meses después, Sáenz fue condenado por hurto y sentenciado a 18 meses de prisión por un juez penal militar: ¿Cómo hizo para estar en la cárcel y en el Palacio al mismo tiempo? ¿Acaso no fue el Comandante de la Escuela de Caballería quien ratificó la sentencia contra Sáenz?

En la actualidad, Sáenz paga varias condenas que suman 102 años de prisión por los delitos de homicidio agravado, concierto para delinquir, falsedad en documento, hurto agravado y lesiones personales.




Hasta hace poco, el condenado purgaba su pena en la cárcel de Cómbita, Boyacá, pero hizo un acuerdo con la Fiscalía para atestiguar en contra de Plazas Vega a cambio, entre otras cosas, de que fuera trasladado a La Picota en Bogotá. Claro que, según una carta escrita de su puño y letra, además de los favores jurídicos, también se incluían algunos beneficios económicos. ¿Quién le ofreció dinero, protección y residencia en el exterior?



Lo anterior podría configurar un soborno, descrito por la ley como el acto en el cual incurre quien entregue o prometa dinero u otra utilidad a un testigo para que falte a la verdad o la calle total o parcialmente en su testimonio.

De hecho, Tirso Sáenz no aparece en los reportes entregados por el coronel Plazas Vega sobre las tripulaciones de los tanques Cascabel que participaron en la operación y que fueron radicados unos días después de la tragedia. Resultaría curioso, por lo menos, que en el informe aparecieran los nombres de los militares integrantes de las tripulaciones excepto el de Tirso Sáenz.




Las más de 260 víctimas rescatadas del Palacio de Justicia merecen la verdad y la vindicación de que sus victimarios estén tras las rejas. Los nueve magistrados, sus escoltas y los militares y policías inmolados en el acto terrorista deberían recibir el homenaje de un aparato judicial dispuesto a condenar a los criminales, así sean candidatos a la presidencia de la República.

Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.

4 de noviembre de 2009

Perplejos


Al menos en las sociedades democráticas la política es como un cortejo: el pretendiente ensalza sus virtudes, hace promesas, busca un tono cómplice con la cortejada y denigra a sus rivales. El éxito o el fracaso dependen de la afinidad que haya entre políticos y opinión. Cuando surge la pregunta ¿por qué fracasa la oposición colombiana? la respuesta es sencilla: porque no puede encajar con la opinión de la mayoría de los ciudadanos. Y no puede porque no comparte las aspiraciones ni las metas ni los valores de esa mayoría, de modo que sólo tiene como recurso despotricar del rival más atractivo sin entender qué ha pasado, por qué la opinión no hace caso de sus reclamos y arrullos.

La semana pasada Andrés Hoyos se preguntaba, interpretando a sus amigos de la oposición:
¿cómo es posible que un impresentable como Álvaro Uribe siga teniendo semejante popularidad en Colombia?
Claro que más adelante exponía su discrepancia:

El opositor perplejo no ve el miedo porque su visión de mundo está permeada desde hace mucho por una ideología dañina y equivocada que sugiere que la violencia política es un factor de progreso —Marx la llamaba la partera de la historia—, una ocurrencia inevitable en situaciones de desigualdad social...

Casi está dicho todo: los que consideran impresentable a Uribe son los mismos que creen que las masacres son una forma de progreso. Pero no es porque la gente tenga miedo de la guerrilla sino porque, a diferencia de los reformadores amigos del columnista, no comparte sus fines.

Es sólo un ejemplo. La perplejidad de la oposición es la de todos los que se ven desplazados del protagonismo político, como la de los pretendientes que no entienden que el preferido sea otro. Cada día que pasa resulta más evidente que el modelo de sociedad que defiende esa oposición, el que floreció en los noventa a partir de la Constitución de 1991, poco tiene que dar a unas mayorías que valoran más la seguridad y el crecimiento económico. Más aún: que la multiplicación del gasto público en educación, salud y sobre todo en justicia sólo sirvió para enriquecer a unas minorías especializadas en la protesta y la presión para ordeñar al erario. Que pese a toda la retórica de derechos, la única mejora real se ha visto en los últimos años a medida que la situación de colapso del Estado ha remitido y ha aumentado la inversión.

La perplejidad en ese caso parece el resultado del apego a rutinas mentales muy extrañas, al menos para los que no vivimos entre colombianos. ¿Realmente hay gente que se sorprende de que la violencia genere rechazo? Mi experiencia es que en los años setenta esa recitación de la vulgata marxista más pedestre era la mayor actividad intelectual de cierta gente, pero no sólo en Colombia. Parece que la rentabilidad y el lustre social del oficio de recitador permitieron a muchos acostumbrarse a esperar que los respetaran a pesar de afirmaciones tan tremendas.

Pero el aspecto de "desigualdad social" es mucho más llamativo. ¿Quiénes son los amigos de ese columnista? ¿Cómo es posible que en Colombia lo característico de los ricos sea la continua llamada a la lucha de clases contra los ricos? Es una constante. ¿Dónde hay un establishment en Colombia que sirva para reconocer las elites de poder? Podrían ser las grandes familias. Pero es que son las grandes familias las que mandan a sus vástagos a predicar la lucha de clases. Podrían ser los grandes medios que leen los ricos, pero es que son esos medios (Semana, El Nuevo Siglo, El Espectador, Cambio, ahora un poco menos descarado El Tiempo) los que viven dedicados a la proclama anticapitalista rabiosa; podrían ser las universidades en las que se forman los hijos de la gente rica (Los Andes, la Javeriana, el Externado, etc.), pero es que es de ahí de donde salen las diatribas más abiertamente alineadas con el terrorismo.

En Colombia las elites se distinguen por su odio a las elites. Pero ¿y qué? El problema es que nadie se sorprende, que la gente modesta tal vez tiene miedo a la rebelión contra los ricos y las elites que promueve Daniel Samper, pero no se detiene a pensar que todos los promotores de esa rebelión son los ricos y las elites. ¿Tendrá esa rebeldía alguna relación con el servilismo patético que distingue a los arribistas? Sin la menor duda: el odio a los ricos es una buena forma de integrarse entre la clase de gente que puede llegar a ser amiga de Andrés Hoyos o de Antonio Caballero. Sin el menor pudor, sin la menor ironía. En Colombia la rebeldía es la forma característica del servilismo. Y después los desconcierta que la gente sencilla no los siga, con toda la rabia que muestran contra la desigualdad.

Buen punto ese de la desigualdad. Es una queja que está en boca de TODOS los ricos que llegan a referirse al país. ¿Intentarán burlarse de sus víctimas? Digo "víctimas" porque esos ricos no son gente productiva sino funcionarios que heredaron poder político y se aseguraron sueldos y pensiones de ensueño durante las décadas anteriores, a costa obviamente de los recursos comunes. ¿Se quejarán de la desigualdad para burlarse de la gente a la que roban? ¿Cómo es que nadie parece darse cuenta de eso? Bueno, tal vez sí se dan cuenta los ciudadanos modestos, y entonces refuerzan su apoyo al gobierno. Tal vez no se dan cuenta pero tampoco se comen el cuento.

Pero la perplejidad es continua. ¿Cuántos opositores le han puesto el menor reparo a la labor de los Colombianos y colombianas por la paz? Ninguno: quieren que la gente crea que Piedad Córdoba sufre por los secuestrados e intenta remediar su situación. Y como hay tanta gente que no lo ve tan altruista, pues ya la excluyen del estrato elegante y la descalifican con los peores insultos. ¿Alguien se habrá preguntado a qué nivel social pertenecen los comentaristas habituales de medios como Semana? Su tono es de asesinos a sueldo, pero sin la menor duda están en el primer decil de ingreso: es que las clases poderosas en Colombia están formadas por gente que en otras partes estaría en prisión.

La perplejidad de la oposición es la del pretendiente que menospreciaba tanto a su víctima que esperaba que le creyera sus mentiras por grotescas que fueran. Y la verdad es que las palabras no alcanzan para describirlas. Buen ejemplo es la Corte Suprema de Justicia. ¿Cuántos opositores tienen el menor reproche a lo que hace esa institución? Ninguno. Los más timoratos tratan de "pasar de agache" mientras el órgano más importante de la justicia ejerce de gobierno y legislativo y se dedica a perseguir a todos los que de algún modo son enemigos de las organizaciones terroristas con las que muchos funcionarios judiciales han tenido relación. La oposición política no espera ganar elecciones ni convencer a los ciudadanos de sus proyectos, sino que se arrima al árbol que más sombra da para que, tras las correspondientes persecuciones, el bando mayoritario resulte encarcelado y así se abra una oportunidad. Y no obstante se sorprenden de que la mayoría de la gente apoye al gobierno.

Esos ejemplos bastarían, pero ¿se acuerdan de un tal Hugo Chávez? Toda la oposición política está con ese líder señero de los pueblos americanos. Un buen ejemplo es un artículo paradigmático, que encontró el apoyo entusiasta de todos los ricos lambones por su condena a los ricos y por ser obra de la sobrina de la ex embajadora y ex ministra Noemí Sanín. En ese artículo de odio a los ricos y a las elites también aparece Chávez:

... sí podría esperarse que la élite asumiera sus propios intereses y quisiera acceder a una experiencia vital más plena y a un bienestar más significativo; que en vez de gastar su ocio gestando marchas contra Hugo Chávez, ejerciera alguna presión para que su país tuviera una orquesta sinfónica mejor...

De tal modo, las marchas contra Chávez son una forma que tienen los ricos de gastar su ocio, asustados por "el socialismo del vecino". Pero es característico: ¿alguien recuerda un solo artículo de un solo opositor que le preste atención al armamentismo de Chávez, o siquiera a los asesinatos recientes? No, ninguno: el chavismo de la oposición es tácito o expreso, y en este caso aflora a regañadientes un vago reproche. Sencillamente la oposición espera que entre la CSJ y las amenazas de Chávez se acabe la hegemonía del uribismo. Y eso después de la Operación Jaque: antes se la veía entusiasmada en la lucha por el intercambio humanitario.

A mí me desconcierta que estén desconcertados. ¿Qué se habían figurado? ¿Que la gente se iba a creer el cuento de que había que favorecer más secuestros por humanitarismo con los secuestrados? ¿Que las persecuciones contra políticos afines al uribismo después de que Piedad Córdoba visitara a los acusadores iban a desprestigiar al gobierno? ¿Que la gente se asustaría del aislamiento de Colombia después de que Chávez no era amistoso con el gobierno?

Es difícil decir ahora lo que significa esta época, pero el hecho de que las clases altas del periodo anterior estén tan unidas en torno a Piedad Córdoba, la CSJ y Chávez es indicio de una transformación significativa. Pero sobre todo es indicio de algo que se evidenciaba para alguien suspicaz durante el gobierno de Pastrana: que las FARC y el ELN representan intereses de castas políticas interesadas en el control del Estado, que encargan los crímenes para imponer leyes a su conveniencia. Por eso la inconcebible unanimidad de la prensa en esa época a favor de la supresión de la democracia, por eso el coro inverosímil de respaldo a los criminales de la CSJ, qué extraño: también para abolir la democracia y reemplazarla por el capricho de unos bandidos cuyos nexos con Chávez y las FARC no tardarán en aflorar (como ciertos congresistas, los magistrados nacen y se crían en los mismos pueblos de los líderes de la banda, y después resultan relacionados con millonarios dudosos cuya fortuna parece proceder de la intermediación en los negocios altruistas de esos visionarios).

Por Jaime Ruiz, columnista de Atrabilioso

3 de noviembre de 2009

Alexitimia

Durante la década de los cincuenta y sesenta del pasado siglo, los psiquiatras Peter E. Sifneos y John C. Nemiah, del Beth Israel Hospital, en Harvard, vieron que ciertos pacientes con trastornos psicosomáticos tenían muchas dificultades para hablar de sus emociones. Su semblante era inexpresivo, se sentaban de forma rígida, apenas gesticulaban y no introducían cambios en el tono de voz. En 1972, Sifneos acuñó el término alexitimia para designar estas características (a: carente de; lexi: palabra; tymos: emoción), y a quienes las reunían, como alexitímicos.

Con el tempo, el término se ha hecho extensivo a quienes logran congelar las expresiones faciales para no dejar ver los sentimientos ni las emociones, y engañar, como los jugadores de póquer, a sus semejantes.

Contaba Carlos Barrios Angulo (q.e.p.d) en una de sus entrañables columnas en El Universal de Cartagena, que un importante psicólogo norteamericano había logrado demostrar mediante comparaciones entre razas e individuos con diferentes desarrollo social e intelectual, que las expresiones faciales cuando manifestaban emociones como el placer, la tristeza, la melancolía o los celos, entre otras, eran universales.

No se necesitaba un riguroso y extenso estudio para llegar a esta conclusión, pues observando con actitud científica a nuestros semejantes, identificamos en ellos ciertos patrones de expresión facial, para sonreír, llorar, protestar: esos patrones conforman en si mismos un lenguaje mas rico, sincero y primitivo que el escrito o el oral.

Sin embargo no contaban los investigadores con la habilidad humana, esa si superior mientras mayor sea el grado de desarrollo, de ocultar las emociones y las manifestaciones faciales de las mismas; ni con una habilidad aún más desarrollada de expresar facialmente exactamente lo inverso de lo que se siente: amor en lugar de odio; alegría en lugar de tristeza; admiración en lugar de envidia; lealtad en lugar de traición; apatía en lugar de deseo (o viceversa); altruismo en lugar de mezquindad; o sinceridad cuando se miente, entre muchas.

Y sin que ésa fuera la intención, estas reflexiones lo arrastran a uno al campo de la política, porque es allí donde todas estas cosas se maximizan. Por ejemplo, con el caso de Honduras se ha ejemplarizado una vez más, todo lo que es posible hacer con la democracia cuando sus políticos son alexitímicos: se llega al poder mediante engaños, y una vez en él no se hace nada de lo prometido, o se hace exactamente lo inverso.

Aunque no saber qué hacer pudiera ser una explicación a ese comportamiento, es poco probable que todo se deba a la improvisación (casos de Cuba y Venezuela), y no a una detallada planeación de los medios (la democracia) y los fines (su abolición).

A juzgar por lo que sucede en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y ahora Honduras, ésa es la nueva estrategia de la izquierda en el continente: establecer una dictadura usando la democracia (cambiando la constitución) y sobre ella el comunismo, un régimen tan impopular que requiere del totalitarismo para sostenerse.

Habrá que estar muy atentos en las próximas elecciones para identificar a los alexitímicos políticos, y no dejarse engañar por esa nueva especie que expresa con sus palabras y con todo su cuerpo, lo contrario de lo que realmente piensan.

Por Miguel Yances Peña. Columnista de El Universal de Cartagena.

2 de noviembre de 2009

Tres meses y 16 muertos después…

Si hay algo repetitivo en el accionar de la dictadura venezolana es el lanzamiento de cortinas de humo. Los venezolanos están tan acostumbrados, ya vencidos por la fuerza de la repetición del mecanismo, que terminan aceptando los torpes montajes que elaboran desde Miraflores, para desviar la atención nacional e internacional.

La última cortina de humo es una ignominia: para tratar de ocultar el secuestro y ajusticiamiento de nueve colombianos en Venezuela, el dictador y su ministro del interior han armado un alboroto sobre la captura de tres
presuntos funcionarios del DAS, que estarían haciendo “inteligencia” para “desestabilizar” al progresista de Miraflores.

Tarek El Aissami se ha presentado incluso ante la Asamblea Nacional chavista para denunciar el supuesto espionaje de los colombianos, mientras la masacre de Fernández Feo no merece más que justificaciones burdas y tangenciales: ahora cualquier colombiano puede ser acusado de espionaje o paramilitarismo, en parte por la paranoia del régimen y en parte para utilizarlos como chivos expiatorios en el demencial expansionismo chavista. El gobierno colombiano debería emitir una advertencia a todos los ciudadanos para que se abstengan de viajar al territorio controlado por el dictador y sus esbirros.

Con el “espionaje”, la dictadura venezolana quiere borrar nueve nombres de víctimas colombianas, para inscribir en su lugar un “alarmante” complot contra Chávez, Correa y Castro: asesinar, desestabilizar, derrocar son verbos que torpemente intentan conjugar los chavistas para hacerle creer al mundo el cuento de unas fuerzas oscuras poderosísimas que quieren destruir al gran líder, como lo califica el candidato único del Polo Democrático Alternativo.

Los espías del DAS son un cuento un poco mejor elaborado que la distracción que lanzó Caracas hace un mes, cuando el pescador
Amadeo Téllez fue asesinado por los militares venezolanos en el río Arauca. Ante el asesinato, la respuesta –léase cortina de humo- del régimen la dio también Tarek El Aissami quien aseguró que “el servicio de inteligencia colombiano, DAS, y la agencia estadounidense antidrogas, DEA, se han convertido en cárteles importantes del narcotráfico”… ¿Qué tiene que ver el asesinato aleve de un ciudadano con la propaganda que la dictadura quiere vender sobre algunas instituciones colombianas y estadounidenses?

Así el gobierno colombiano sea precavido, o diplomático, o cobarde; no se pueden dejar en el olvido los nombres de los colombianos asesinados por el paramilitarismo chavista, pues deben quedar en la memoria como las primeras víctimas de la arremetida política y militar del dictador contra Colombia.

Las primeras víctimas colombianas de las operaciones de las milicias bolivarianas en la frontera cayeron el
31 de julio en el estado Barinas. Tres meses han pasado y los cuerpos de Edison Antonio Páez, Jerson Flores, Israel Castrillón Santos, Jhonny Alberto Delgado, José del Carmen Montero y John Esneider Palacios; todavía no han sido entregados a sus familiares: es práctica común del chavismo el secuestro de cadáveres… pregúntenle a la señora madre del mayor Julián Ernesto Guevara.

El 11 de octubre, el grupo paramilitar chavista denominado
Fuerzas Armadas Bolivarianas de Liberación secuestró a un grupo de colombianos. Una semana más tarde fueron apareciendo los cadáveres de Humberto Robiany Hernández Amaya, Gerardo Vega Sisa, Ángel Aldemar León Aricapa, Edward Ricardo Gamboa Gutiérrez, Michael Hendrik Bello Velandia, Yorbin Julián Anaya Vega, Carlos Adolfo Amador Ramírez, José Luis Arenas Sánchez y Mauricio Ospina Montilla.

Mientras 16 familias colombianas lloran a sus seres queridos, y por lo menos cuatro padecen la incertidumbre de la suerte de sus allegados acusados de espionaje, los venezolanos que son capturados en Colombia realizando esa actividad, son rápidamente devueltos a su país, como si se tratara de una papa caliente que nadie quiere tener en sus manos.

Aunque en la frontera ya se ha vuelto común esta situación, no dejó de sorprender la acción pusilánime de las autoridades el pasado 5 de septiembre, cuando el sargento de la Fuerza Aérea de Venezuela Pedro José Carreño, fue sorprendido fotografiando a los participantes en la marcha “No más Chávez” en Bogotá. El militar venezolano no estaba solo: lo acompañaban Luis José Honores Marín, suboficial de la Agregaduría Militar de la Embajada de Venezuela y el coronel Julio Alejandro Díaz, ¿Qué pasó con
el espía Carreño y sus compañeros delincuentes? Nada. Con una eficiencia inusitada, Carreño fue devuelto a la embajada de Venezuela mientras que los otros siguen delinquiendo amparados por el pasaporte diplomático.

En diciembre del año pasado, un canal controlado por el chavismo divulgó la grabación de una conversación entre el diplomático colombiano Carlos Galvis y el entonces asesor presidencial José Obdulio Gaviria en la que celebraban el triunfo de dos candidatos opositores en las elecciones regionales de Venezuela. El régimen chavista no se tomó la molestia de ocultar el espionaje
a la sede diplomática colombiana, en un claro mensaje de prepotencia típico de las dictaduras más feroces. ¿Qué hizo Colombia? Aceptó la renuncia del diplomático, lo “regañó” por hablar de esas cosas en privado y dejó el tema en el congelador.

Ciertamente los colombianos, incluido el actual gobierno, estamos asistiendo impávidos a la transmisión de mando de los victimarios… nos debemos parecer tanto a los corderos cuando van al matadero.

Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.