4 de junio de 2009

Con los crespos hechos

El mes de junio arrancó con noticias políticas relevantes: El Tiempo divulgó una encuesta de Datexco en la que Sergio Fajardo supera por cerca de 14 puntos a su inmediato contendor, Juan Manuel Santos. Hasta ahí, todo coincidía con lo que se venía diciendo en los mentideros políticos.

Sin embargo en la noche salió publicada “La gran encuesta” de
Ipsos - Napoleón Franco en la que cambió el panorama por completo: Sergio Fajardo no solo perdía el liderazgo, sino que pasaba al tercer lugar de las preferencias electorales, a un año de las elecciones. Para colmo, Fajardo era superado por Juan Manuel Santos, quien sigue indeciso y todavía no arranca (¿lo hará?) con su campaña a la Presidencia; y por Andrés Felipe Arias, quien no solo está en campaña, sino que mantiene viva y con fuerza su candidatura.

El canal RCN organizó un debate con los candidatos o precandidatos que ocuparon los cinco primeros lugares en la encuesta. Desde el principio Juan Manuel Santos dijo no. Mala cosa para alguien que debe trabajar para conseguir alguna sintonía con los votantes y tratar de mostrar algo de carisma.

Otro que dijo no fue Carlos Gaviria Díaz, seguramente porque sabe que sus incongruencias lo harán estallar más temprano que tarde. Él sabe que tiene sus maquinarias al interior del Polo. Pero con eso no alcanza y al intentar seducir o reconquistar votantes, lo único que no necesita es un debate que lo podría dejar en dificultades frente a ese monstruo de la oratoria y de la frialdad que es Gustavo Petro… ¡Qué falta de confianza en el aceite que usa Gaviria para afinar las clientelas de la izquierda radical!

Los que aceptaron la invitación fueron Sergio Fajardo, Andrés Felipe Arias, Gustavo Petro, Antanas Mockus y Germán Vargas Lleras. Incluso enviaron representantes para el sorteo que se realizó unas horas antes del debate. Es más: los Visionarios de Mockus cursaron las respectivas invitaciones para ver al ex alcalde en el debate. Mi ingenuidad me llenaba de entusiasmo por estar a punto de presenciar un enfrentamiento entre Andrés Felipe Arias y Gustavo Petro, quienes no le sacaron el cuerpo al debate… es lo mínimo que los ciudadanos podemos exigirle a un candidato.

Sin embargo algo cambió. Sergio Fajardo informó que no asistiría porque “él era el único de los participantes que llegaría hasta el final”. Los resultados de “La gran encuesta” debieron golpear fuertemente al independiente Fajardo. Tener dos mediciones tan diferentes no debe ser fácil para ningún vanidoso, y menos si, como dicen por ahí, Fajardo bordea el narcisismo.

En su momento cuestioné la decisión del Presidente-candidato de no asistir a los debates por soberbia electoral pues se sentía ganador: en política saberse triunfador puede terminar, después del escrutinio, en reconocerse perdedor.

La justificación de Fajardo huele a temor… ojalá sea eso, porque lo otro sería atroz: que el hedor provenga de un complejo de superioridad frente a sus adversarios por la posición favorable en las encuestas... bueno, hasta ayer.

Sin embargo, a un año de las elecciones, sin candidatos definidos en los otros sectores, la justificación de Sergio Fajardo es una torpeza. Si él va hasta el final y los otros dependen de consultas y decisiones personales de terceros, justamente Fajardo es el llamado a asistir de primero, pues cada aparición, cada debate y cada confrontación con sus posibles contendores, es una oportunidad para mostrar sus ventajas políticas y propositivas, más allá del carisma y la simpatía que despierta.

En este orden de ideas, lo que demostró Fajardo es que su discurso no está estructurado, que no tiene claras sus ideas y que en una confrontación tiene miedo de salir derrotado. Él ha dicho que quiere un debate con altura, pero eso solo es posible en la medida en que se enfrente con sus adversarios y demuestre que es capaz de manejar su temperamento para mantener la confrontación en términos programáticos… claro, si tiene siquiera un borrador de programa para defender, pues de lo contrario lo mejor es huir de los escenarios de debate como lo hizo en las últimas horas.

El otro que a última hora se negó a asistir al debate fue Germán Vargas Lleras. Desconozco los motivos, pero uno puede suponer que eludió la cita por los malos resultados: todo un Lleras, de la misma estirpe del gran Felipe Zuleta, no puede estar en una situación tan calamitosa en las encuestas.

A un año de las elecciones, con toda el agua que debe pasar por debajo del puente, las cosas están así: Juan Manuel Santos no quiere lanzarse al ruedo, esperando los resultados del referendo, cosa que lo va a perjudicar si la consulta no pasa pues quedará como un candidato improvisado. Sergio Fajardo sigue alimentando su imagen enigmática, aunque escurrir el bulto puede desestimular a sus seguidores: al votante independiente le gusta ver y escuchar a su candidato en diferentes escenarios y sobre todo, conocer propuestas, las mismas que han brillado por su ausencia en la campaña Fajardo. Carlos Gaviria tiene miedo de sus maquinarias y teme enfrentarse a Petro. Y Germán Vargas Lleras… ¿Ya regresó de España?

AL CIERRE: La decisión de Gustavo Petro de participar en la consulta del PDA lo deja en una posición importante para las elecciones de 2014. Él sabe que no tiene con qué ganar al interior de la izquierda, pero también es consciente de lo que le ocurrirá al Polo en las próximas elecciones: un número de votos que reducirán al partido a sus justas proporciones. Con la decisión dejará que la culpa de la debacle recaiga en Lucho Garzón y no en él.

Y para rematar, ¿qué pasó con Rafael Pardo Rueda que ni aparece en las encuestas? ¿Así está de mal la cosa?

Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.

1 de junio de 2009

Un tirano majadero

Dice José Obdulio Gaviria que “mientras Bolívar rezuma grandeza, en sus contradictores afloran la pobreza intelectual y la ambición. ¡Que sospechan de su intención de una usurpación tiránica!”

Más que sospechas, la inclinación de Bolívar a la tiranía puede ser establecida en varios episodios de la vida política del Libertador. Por ejemplo, en todo el escrito, José Obdulio Gaviria evita mencionar la Constitución Boliviana de 1826. Y eludirla tiene su razón de ser: arrasa con la defensa que hace el ex asesor de las intenciones del Simón Bolívar político.

Para comenzar es bueno recordar algunos apartes del
discurso del Libertador ante el Congreso Constituyente de Bolivia:

“El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como el sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema Autoridad debe ser perpetua.(…) Dadme un punto fijo, decía un antiguo; y moveré el mundo. Para Bolivia, este punto es el Presidente vitalicio.

Es que la tiranía, en el sentido que se le dio al término en la Grecia antigua, era el régimen de poder absoluto, generalmente unipersonal, que con frecuencia instauraba el tirano, normalmente gracias al apoyo popular. En este sentido, en la Política, Aristóteles dice que “la monarquía o sólo debe tener el nombre sin existir, o necesariamente existe debido a la gran superioridad del que reina; de modo que la tiranía, que es el peor régimen, es el más alejado de una constitución”.

Ni más ni menos: Bolívar aplaude las intenciones tiránicas de la Constitución Boliviana e incluso se adentra en el berenjenal de una forma particular de gobierno monárquico en Bolivia, el que según sus áulicos, se transformaría en el Imperio de los Andes, con Bolívar como emperador:

Siendo la herencia la que perpetúa el régimen monárquico, y lo hace casi general en el mundo: ¿cuanto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión del Vicepresidente? (…) Considerad, legisladores, que estas grandes ventajas se reúnen en el Presidente vitalicio y Vicepresidente hereditario.

Así las cosas, el Libertador no solo le rinde homenaje a la presidencia vitalicia y a la vicepresidencia hereditaria, sino que prácticamente exhorta a los legisladores a mantener la figura de la tiranía como lo más sano para el país.

Luego Gaviria afirma que “el mensaje a la Convención de Ocaña (febrero de 1828), por ejemplo, sólo tiene parangón en la pluma de algunos de los fundadores de Norteamérica”.

Lo que no dice el ex asesor presidencial es lo que ocurrió después de la disolución de la Convención de Ocaña, cuando Bolívar promulgó el
Decreto Orgánico del 27 de agosto de 1828, el cual serviría de Ley constitucional del Estado hasta 1830. Básicamente lo que hace Bolívar es suplantar una Constitución con un decreto y al no lograrse un consenso en la Convención, recibe unas atribuciones que ningún libertador o demócrata podría aceptar, como es la promulgación unipersonal de un remedo de Constitución.

En el Decreto Orgánico, el Libertador afirma que “el pueblo (…) me ha encargado de la suprema magistratura. Después de una detenida y madura deliberación he resuelto encargarme, como desde hoy me encargo, del poder supremo de la República, que ejerceré con las denominaciones de Libertador, Presidente, que me han dado las leyes y los sufragios públicos”.

Dentro de las atribuciones que se adjudica Simón Bolívar está el “nombrar para todos los empleos de la República, y remover o relevar o los empleados cuando lo estime conveniente; expedir los decretos y reglamentos necesarios de cualquiera naturaleza que sean, y alterar, reformar o derogar las leyes establecidas”.

Al final del Decreto Orgánico, Bolívar concreta la tiranía sobre los ciudadanos:
“Son deberes de los colombianos vivir sometidos al gobierno, y cumplir con las leyes, decretos, reglamentos e instrucciones del poder supremo”…

Si el Libertador era el poder supremo, gobernando, legislando y ejerciendo la superioridad que le otorgaba el sometimiento que él mismo había consignado en el remedo constitucional, no cabe duda de los deslices tiránicos en los que incurrió.

Al tratar de justificar las acciones tiránicas de Bolívar, José Obdulio Gaviria está abriendo espacios para excusar algunas pretensiones totalitarias a partir de la voluntad popular. Ciertamente se puede ser indigente intelectual pero no desagradecido, pues si Uribe incurre en la tentación, no pasará a la historia como uno de los mejores presidentes, sino como uno más de los tiranos bolivarianos… ¡Qué ingratitud!

Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.