5 de junio de 2009

¡Por favor, no los maten!

Según el virtuoso y bien ponderado Daniel Ortega, sus correligionarios Hugo Chávez y Evo Morales no viajaron a la toma de posesión de Mauricio Funes, porque estaba en marcha un plan para asesinarlos.

Cuando lo escuché, se apoderó de mí eso que los entendidos llaman un deja vu, porque hace apenas unos meses, Chávez dejó de asistir a una cumbre presidencial en El Salvador, justamente por ese mismo motivo. “Podría inventarse otra excusa”, me dije.

Minutos más tarde, el erudito canciller de la Patria, Nicolás Maduro, añadió que entre los sospechosos del "magnicidio" estaría el “ultraderechista” Alejandro Peña Esclusa.

“¿Cómo le explico esto a mis colegas de Academia Brasileña de Filosofía, que me acaban de otorgar el título de miembro de esa organización?” -pensé- “¿Qué irán a decir los compañeros del prestigioso diario argentino La Nueva Provincia, del cual me honro en ser corresponsal?”. En cuanto a mis familiares y amigos, no me preocupo en dar explicaciones; ya están acostumbrados a que los chavistas me endilguen cuanto "golpe" y "conspiración" se desate en América Latina.

“Vaya” -me dije- “ya van dos magnicidios, porque hace apenas un mes me acusaron de orquestar el asesinato de Evo Morales”.

Debo confesar que una sonrisa burlona afloró en mis labios, “tengo aversión a la pólvora” -pensé- “además, con la actividad tan intensa que desempeño ¿En qué momento podría organizar no uno, sino dos magnicidios?”.

Se nota que Maduro jamás ha escrito un artículo, mucho menos un libro, porque de haberlo hecho, sabría que el número de caracteres que escribo por mes no dejan tiempo para aventuras bélicas, sobre todo si tengo que viajar constantemente para fundar capítulos de UnoAmérica en diversas ciudades del mundo.

Decidí descartar el tema, considerándolo otro episodio más de propaganda revolucionaria, pero los chavistas insistían tanto, que terminé sospechando que quizá sí había algo montado.

“¡Qué locura!” -me dije- “¿Habrá alguien tan insensato que pretenda matar a Evo y a Chávez?”. Siento escalofríos ante la sola idea de la muerte de un ser humano; pero en este caso se cometería, además, un grave error histórico y político.

Dentro de pocos meses, Chávez y Morales estarán “muertos“, pero no físicamente, sino políticamente. Basta esperar a que la crisis económica y la pésima gestión administrativa de ambos gobernantes los lance por el foso de la ignominia y del rechazo popular. Asesinarlos significaría, sin duda, añadir nuevos Ché al panteón de la revolución.

Si algún terrorista está preparando magnicidios, ruégoles -queridos lectores- hacerles llegar éstas mis palabras de consejo: “Tengan paciencia, no recurran a la violencia; la revolución está moribunda, no solo en Bolivia y en Venezuela, sino también en la patria de Sandino, y en cualquier otro lugar donde se levane la bandera del Socialismo del Siglo XXI?… Entonces, ¿Para qué gastar pólvora en zamuro?” (1).

(1) Zamuro: Buitre, zopilote, gallinazo.

Por Alejandro Peña Esclusa. Columnista de Atrabilioso.

4 de junio de 2009

Con los crespos hechos

El mes de junio arrancó con noticias políticas relevantes: El Tiempo divulgó una encuesta de Datexco en la que Sergio Fajardo supera por cerca de 14 puntos a su inmediato contendor, Juan Manuel Santos. Hasta ahí, todo coincidía con lo que se venía diciendo en los mentideros políticos.

Sin embargo en la noche salió publicada “La gran encuesta” de
Ipsos - Napoleón Franco en la que cambió el panorama por completo: Sergio Fajardo no solo perdía el liderazgo, sino que pasaba al tercer lugar de las preferencias electorales, a un año de las elecciones. Para colmo, Fajardo era superado por Juan Manuel Santos, quien sigue indeciso y todavía no arranca (¿lo hará?) con su campaña a la Presidencia; y por Andrés Felipe Arias, quien no solo está en campaña, sino que mantiene viva y con fuerza su candidatura.

El canal RCN organizó un debate con los candidatos o precandidatos que ocuparon los cinco primeros lugares en la encuesta. Desde el principio Juan Manuel Santos dijo no. Mala cosa para alguien que debe trabajar para conseguir alguna sintonía con los votantes y tratar de mostrar algo de carisma.

Otro que dijo no fue Carlos Gaviria Díaz, seguramente porque sabe que sus incongruencias lo harán estallar más temprano que tarde. Él sabe que tiene sus maquinarias al interior del Polo. Pero con eso no alcanza y al intentar seducir o reconquistar votantes, lo único que no necesita es un debate que lo podría dejar en dificultades frente a ese monstruo de la oratoria y de la frialdad que es Gustavo Petro… ¡Qué falta de confianza en el aceite que usa Gaviria para afinar las clientelas de la izquierda radical!

Los que aceptaron la invitación fueron Sergio Fajardo, Andrés Felipe Arias, Gustavo Petro, Antanas Mockus y Germán Vargas Lleras. Incluso enviaron representantes para el sorteo que se realizó unas horas antes del debate. Es más: los Visionarios de Mockus cursaron las respectivas invitaciones para ver al ex alcalde en el debate. Mi ingenuidad me llenaba de entusiasmo por estar a punto de presenciar un enfrentamiento entre Andrés Felipe Arias y Gustavo Petro, quienes no le sacaron el cuerpo al debate… es lo mínimo que los ciudadanos podemos exigirle a un candidato.

Sin embargo algo cambió. Sergio Fajardo informó que no asistiría porque “él era el único de los participantes que llegaría hasta el final”. Los resultados de “La gran encuesta” debieron golpear fuertemente al independiente Fajardo. Tener dos mediciones tan diferentes no debe ser fácil para ningún vanidoso, y menos si, como dicen por ahí, Fajardo bordea el narcisismo.

En su momento cuestioné la decisión del Presidente-candidato de no asistir a los debates por soberbia electoral pues se sentía ganador: en política saberse triunfador puede terminar, después del escrutinio, en reconocerse perdedor.

La justificación de Fajardo huele a temor… ojalá sea eso, porque lo otro sería atroz: que el hedor provenga de un complejo de superioridad frente a sus adversarios por la posición favorable en las encuestas... bueno, hasta ayer.

Sin embargo, a un año de las elecciones, sin candidatos definidos en los otros sectores, la justificación de Sergio Fajardo es una torpeza. Si él va hasta el final y los otros dependen de consultas y decisiones personales de terceros, justamente Fajardo es el llamado a asistir de primero, pues cada aparición, cada debate y cada confrontación con sus posibles contendores, es una oportunidad para mostrar sus ventajas políticas y propositivas, más allá del carisma y la simpatía que despierta.

En este orden de ideas, lo que demostró Fajardo es que su discurso no está estructurado, que no tiene claras sus ideas y que en una confrontación tiene miedo de salir derrotado. Él ha dicho que quiere un debate con altura, pero eso solo es posible en la medida en que se enfrente con sus adversarios y demuestre que es capaz de manejar su temperamento para mantener la confrontación en términos programáticos… claro, si tiene siquiera un borrador de programa para defender, pues de lo contrario lo mejor es huir de los escenarios de debate como lo hizo en las últimas horas.

El otro que a última hora se negó a asistir al debate fue Germán Vargas Lleras. Desconozco los motivos, pero uno puede suponer que eludió la cita por los malos resultados: todo un Lleras, de la misma estirpe del gran Felipe Zuleta, no puede estar en una situación tan calamitosa en las encuestas.

A un año de las elecciones, con toda el agua que debe pasar por debajo del puente, las cosas están así: Juan Manuel Santos no quiere lanzarse al ruedo, esperando los resultados del referendo, cosa que lo va a perjudicar si la consulta no pasa pues quedará como un candidato improvisado. Sergio Fajardo sigue alimentando su imagen enigmática, aunque escurrir el bulto puede desestimular a sus seguidores: al votante independiente le gusta ver y escuchar a su candidato en diferentes escenarios y sobre todo, conocer propuestas, las mismas que han brillado por su ausencia en la campaña Fajardo. Carlos Gaviria tiene miedo de sus maquinarias y teme enfrentarse a Petro. Y Germán Vargas Lleras… ¿Ya regresó de España?

AL CIERRE: La decisión de Gustavo Petro de participar en la consulta del PDA lo deja en una posición importante para las elecciones de 2014. Él sabe que no tiene con qué ganar al interior de la izquierda, pero también es consciente de lo que le ocurrirá al Polo en las próximas elecciones: un número de votos que reducirán al partido a sus justas proporciones. Con la decisión dejará que la culpa de la debacle recaiga en Lucho Garzón y no en él.

Y para rematar, ¿qué pasó con Rafael Pardo Rueda que ni aparece en las encuestas? ¿Así está de mal la cosa?

Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.

3 de junio de 2009

Moral y estrato

Me llamó mucho la atención leer en un artículo de Plinio Apuleyo Mendoza sobre el escándalo de las escuchas ilegales atribuidas al DAS y publicado en el ABC un párrafo como éste:

Gracias a Felipe, conocí escandalosas injusticias presentadas como revelaciones por revistas como «Semana» (de la cual fui su primer director hace 25 años) y «Cambio». Pedí a sus directores, buenos y honestos amigos míos, rectificar lo publicado por ellos, y siempre me escucharon. Sabía dónde estaban los falsos testimonios.

Es una constante en los escritos de Mendoza. ¿De veras podemos creer que los directores de Semana y Cambio son honestos? Lo mismo leí alguna vez sobre los entonces director y editor general de El Tiempo, señores Santos y Pombo. Pero la atribución de miras elevadas a cualquiera que tenga un alto nivel social o intelectual parece una pasión de este autor. Por ejemplo, en un escrito de hace muchos años sobre las causas de la adhesión de los intelectuales hispanoamericanos al comunismo se lee:

Sartre no hizo esta apostasía. Apenas vio petrificarse en una casta burocrática el socialismo a la soviética, optó por apoyar otros desvaríos: el maoísmo y el tercermundismo más agreste. "Me produjo fiebre -recuerda hoy el escritor y periodista francés Jean Daniel, a propósito del prólogo escrito por Sartre al libro Los condenados de la tierra de Frantz Fanon- leer aquello de que un colonizado no podía encontrar su salvación sino en el asesinato de un colono y un negro, en el de un blanco".

Me apresuro a decir que no era el suyo un caso de deshonestidad. Sartre fue un hombre profundamente honesto. También lo era Julio Cortázar, a quien conocí de cerca: cándido y honesto. Simplemente el francés y el argentino, como muchos europeos y muchos intelectuales latinoamericanos, fueron seducidos por una utopía intelectual que parecía condenar a una muerte cierta a la democracia liberal y la economía de mercado y pintaba con trazos luminosos el camino hacia una sociedad sin clases. No veían ellos, pues, la realidad deplorable de un sistema, sino su exaltación ideológica.

Se puede empezar con Sartre, ¿quién va a creer que sea deshonesto? Que el colonizado mate al colono y el negro al blanco, es lo que se dice la reflexión de un hombre honrado, recto, lo que se dice un justo. Y eso por no hablar de la Revolución cultural china, que le produjo un enorme entusiasmo: los jóvenes inspirados por la lectura del Libro rojo persiguiendo a los funcionarios señalados por los representantes del Gran Timonel, ¿cómo iba a ser una imagen semejante resistible para un hombre honesto? Yo no sé si Sartre conoció los logros de la Kampuchea Democrática, pero estoy seguro de que en su honradez los habría aplaudido.

Respecto de Cortázar se puede decir lo mismo: si alentaba el crimen y propalaba las mismas falacias que se oyen y leen hoy en día en los medios de los amigos del terrorismo, no era porque tuviera un cálculo perverso sobre su popularidad y sus regalías, sino porque le entusiasmaba un mundo justo en el que los escritores como él recibían el halago de las multitudes (el mayo de 1968 lo convirtió en una superstar) y eran automáticamente amigos de los nuevos gobernantes. ¿Por qué no iban a ser éstos honestos? Tanto los Castro como los Ortega eran respetuosos y acogedores con Cortázar, y aun lo admiraban.

La última novela de Cortázar, Libro de Manuel trata sobre un grupo de revolucionarios argentinos que preparan el secuestro de un responsable de la represión. La publicación de esa obra en Argentina en 1974, en plena efervescencia de las guerrillas urbanas del ERP y los Montoneros fue un gran acontecimiento, y sin duda tuvo que ver en la oleada de terror y caos que preparó el camino a la dictadura de Videla. La candidez del hombre tuvo mucho que ver en el sacrificio de muchos jóvenes que se afiliaron a las bandas criminales seducidos por una retórica historicista más parecida a la de la Falange de lo que sus promotores quisieran. (Claro que al ser leído esto por colombianos no se entenderá nada: ¿quién va a ocuparse de leer la retórica de la Falange? Si algo es sinónimo de "primitivismo" es "prejuicio".)

Tanto en esa novela como en otros textos Cortázar suscribía lindezas como ésta, atribuida a la esposa de un líder de la guerrilla urbana brasileña:

Es necesario darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura, conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella...

Lo que se dice un modelo de honradez. El genial escritor no era capaz de comprender que dar golpes de Estado para apropiarse de todo y someter a la población no son formas muy correctas de luchar contra la miseria. Para él, en su candidez, bastaba la retórica, el proclamarse enemigos de la miseria y atribuirla a otros. Pero abundan los ejemplos de su adhesión al régimen cubano, para el que escribió los más exaltados ditirambos, incluso mucho después de que se conocieran los campos de concentración y la persecución a los escritores disidentes.

Ante esos ejemplos de honestidad uno se puede quedar pensando ¿quién podrá ser deshonesto? Si esos grandes sabios reconocidos unánimemente y de indiscutible inteligencia se entusiasman con un proyecto histórico que empieza secuestrando y matando gente y termina encarcelando y matando gente en masa, ¿qué responsabilidad podrán tener los que los siguen? Ahí se llega a un viejo tema colombiano: quien termina el bachillerato no presta el servicio militar, quien acaba la universidad no puede delinquir, quien es de buena familia no puede ser inmoral. Esa concepción ciertamente corresponde al origen social de Plinio Apuleyo Mendoza, pero también tiene que ver con su propia trayectoria. Por ejemplo, en una columna reciente en El Tiempo asegura:

Es muy probable, por ello, que quienes defendemos a los militares injustamente acusados apoyamos a Uribe, no creemos en el diálogo ni en la santidad del Polo Democrático o la de Colombianos por la Paz, seamos vistos compasivamente como exponentes de una obstinada derecha. Ideas de viejos o de godos, deben pensar. Pero los entiendo, qué caray. También yo pasé por ahí. Quizás fui aún más lejos. Cuando era dirigente de las Juventudes del MRL envié a Cuba, para adoctrinarlos, a más de cuarenta muchachos. Y varios de ellos, al regresar, crearon el Eln.

Lo primero que uno siente como una prueba de un cinismo inconcebible es que los amigos de Plinio A. Mendoza que dirigen El Tiempo, Semana y Cambio crean en la santidad del PDA. Pero él los comprende, ya que él mismo vivió con los ojos vendados hasta los cuarenta años. Es que al paso que vamos los únicos deshonestos somos los que leemos los escritos de esos filántropos y les encontramos el casi abierto interés en el retorno de las masacres y la recuperación de las FARC.

La verdad es que como persona próxima a la cúspide del poder político en la Colombia de mediados del siglo XX, Mendoza habrá pasado su juventud soñando con las más altas dignidades, como es preceptivo en esas personas. En eso no hay nada de malo, pues la gente en cuanto supera sus necesidades animales tiene como casi únicas metas el reconocimiento y el mando. El problema es el hallazgo de la retórica que le permitiría hacer realidad el sueño de Gaitán, el amigo de su padre: liderar a las masas y asegurarse el poder. La Revolución cubana fue el modelo perfecto. El comunismo era su atajo hacia el poder como lo es para sus amigos que siguen con los ojos vendados.

Si uno piensa en alguien como alias Alfonso Cano le resulta imposible determinar cuándo empieza el jefe de las FARC a ser deshonesto a diferencia de Sartre, Cortázar, Santos, Pombo y Pardo. ¿Acaso por ser más mestizo que el Che Guevara, a quien Cortázar admiraba y elogiaba sin ambages, va a ser menos honesto? Pero eso mismo se podría decir de todos los jefes guerrilleros, salvo los que son puros mercenarios y ambiciosos que tienen que encargarse de ordenar las castraciones y fusilamientos. Es decir, a diferencia de los que son de estratos bajos.

Y mientras no se entienda esa responsabilidad de los que piensan y escriben, de los que pertenecen a grupos sociales privilegiados, sencillamente va a ser tolerable mandar matar gente con retóricas sutiles y elegantes, y los únicos culpables son los que no han leído lo suficiente para manejarlas.

Por Jaime Ruiz. Columnista de Atrabilioso.

2 de junio de 2009

Dificultades de la VIS

Uno de los tantos problemas que enfrenta el programa nacional de vivienda de interés social (VIS), además de los propios de toda construcción civil (lote, servicios públicos, materiales, organización, subcontratación, entre otros) lo constituye el financiamiento del saldo que queda después de aplicar el subsidio al valor de la vivienda.

Tomando un caso típico, una VIS tiene un precio de 35 millones de pesos, de los cuales 10 son absorbidos por el Gobierno, y los 25 millones restantes por el comprador. Sin embargo las familias mas necesitadas no califican para un préstamo por ese monto; la banca no ve en la VIS un activo que lo garantice, pues no hay un mercado secundario que las demande; y me temo que pocas familias tienen la capacidad económica, la seguridad del ingreso y la disciplina para honrarlo. El seguro de desempleo no apunta a esta necesidad, pues los sujetos en su mayoría son familias que viven en la informalidad.

Conocedor de estas dificultades, el Gobierno reconoce cinco puntos porcentuales en la tasa de interés durante siete años para la compra de vivienda nueva de hasta 167 millones, que hasta donde se entiende, cobija también a la VIS (a mayor valor de la vivienda menor reducción de la tasa), y algunos bancos la mantienen ocho mas, para un total de quince años.

Hasta aquí todo bien. Se espera estimular la demanda de vivienda en estratos medios y bajos; y con ello la construcción, el empleo y la economía. Pero resulta que la venta de vivienda terminada conlleva un enorme riesgo financiero que los constructores no querrán asumir, mayor aún tratándose de ciudadelas que incorporan iglesias, colegios y clínicas, entre otras, pues el inventario nunca se valoriza como lo hace el capital en movimiento, menos tratándose de VIS.

El último boom de construcción de vivienda de estrato alto, se vendió en planos, y no estuvo apalancado por la banca (que no presta sobre planos al comprador) si no por los adquirientes que asumieron el riesgo y aportaron el capital. El momento del inicio de obra coincidía con la firma de contratos de compra venta que aseguraran el punto de equilibrio (cero utilidades, cero pérdidas) y los atrasos en los pagos se cubrían con capital del constructor, o pequeños créditos puentes.

No obstante ese esquema es imposible de adoptar en la construcción de estratos más bajos, y el riesgo económico de construir a partir de estudios demanda es muy alto. Para reducirlo, los inmuebles tendrían que venderse en planos, pero en el caso de la VIS, los desembolsos del gobierno no son suficientes para llegar al punto de equilibrio. A eso hay que sumarle que la selección de aspirantes se hace por meritos económicos inversos (el más necesitado primero).

Por lo tanto para que este programa se desarrolle con celeridad y de manera exitosa, habrá que idear algún sistema de crédito tipo leasing habitacional, que reduce los costos jurídicos de retoma, otorgados sobre planos al comprador; y fórmulas de cubrimiento de riesgos que involucren elementos probabilísticos: por ejemplo, seguros de cumplimientos de la obligación asociados al de vida, y al de desempleo en los casos que aplique, pagados por el gobierno para no cargar el pago mensual de las obligaciones crediticias.

Por Miguel Yances Peña. Columnista de El Universal de Cartagena.
myances@msn.com

1 de junio de 2009

Un tirano majadero

Dice José Obdulio Gaviria que “mientras Bolívar rezuma grandeza, en sus contradictores afloran la pobreza intelectual y la ambición. ¡Que sospechan de su intención de una usurpación tiránica!”

Más que sospechas, la inclinación de Bolívar a la tiranía puede ser establecida en varios episodios de la vida política del Libertador. Por ejemplo, en todo el escrito, José Obdulio Gaviria evita mencionar la Constitución Boliviana de 1826. Y eludirla tiene su razón de ser: arrasa con la defensa que hace el ex asesor de las intenciones del Simón Bolívar político.

Para comenzar es bueno recordar algunos apartes del
discurso del Libertador ante el Congreso Constituyente de Bolivia:

“El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como el sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema Autoridad debe ser perpetua.(…) Dadme un punto fijo, decía un antiguo; y moveré el mundo. Para Bolivia, este punto es el Presidente vitalicio.

Es que la tiranía, en el sentido que se le dio al término en la Grecia antigua, era el régimen de poder absoluto, generalmente unipersonal, que con frecuencia instauraba el tirano, normalmente gracias al apoyo popular. En este sentido, en la Política, Aristóteles dice que “la monarquía o sólo debe tener el nombre sin existir, o necesariamente existe debido a la gran superioridad del que reina; de modo que la tiranía, que es el peor régimen, es el más alejado de una constitución”.

Ni más ni menos: Bolívar aplaude las intenciones tiránicas de la Constitución Boliviana e incluso se adentra en el berenjenal de una forma particular de gobierno monárquico en Bolivia, el que según sus áulicos, se transformaría en el Imperio de los Andes, con Bolívar como emperador:

Siendo la herencia la que perpetúa el régimen monárquico, y lo hace casi general en el mundo: ¿cuanto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión del Vicepresidente? (…) Considerad, legisladores, que estas grandes ventajas se reúnen en el Presidente vitalicio y Vicepresidente hereditario.

Así las cosas, el Libertador no solo le rinde homenaje a la presidencia vitalicia y a la vicepresidencia hereditaria, sino que prácticamente exhorta a los legisladores a mantener la figura de la tiranía como lo más sano para el país.

Luego Gaviria afirma que “el mensaje a la Convención de Ocaña (febrero de 1828), por ejemplo, sólo tiene parangón en la pluma de algunos de los fundadores de Norteamérica”.

Lo que no dice el ex asesor presidencial es lo que ocurrió después de la disolución de la Convención de Ocaña, cuando Bolívar promulgó el
Decreto Orgánico del 27 de agosto de 1828, el cual serviría de Ley constitucional del Estado hasta 1830. Básicamente lo que hace Bolívar es suplantar una Constitución con un decreto y al no lograrse un consenso en la Convención, recibe unas atribuciones que ningún libertador o demócrata podría aceptar, como es la promulgación unipersonal de un remedo de Constitución.

En el Decreto Orgánico, el Libertador afirma que “el pueblo (…) me ha encargado de la suprema magistratura. Después de una detenida y madura deliberación he resuelto encargarme, como desde hoy me encargo, del poder supremo de la República, que ejerceré con las denominaciones de Libertador, Presidente, que me han dado las leyes y los sufragios públicos”.

Dentro de las atribuciones que se adjudica Simón Bolívar está el “nombrar para todos los empleos de la República, y remover o relevar o los empleados cuando lo estime conveniente; expedir los decretos y reglamentos necesarios de cualquiera naturaleza que sean, y alterar, reformar o derogar las leyes establecidas”.

Al final del Decreto Orgánico, Bolívar concreta la tiranía sobre los ciudadanos:
“Son deberes de los colombianos vivir sometidos al gobierno, y cumplir con las leyes, decretos, reglamentos e instrucciones del poder supremo”…

Si el Libertador era el poder supremo, gobernando, legislando y ejerciendo la superioridad que le otorgaba el sometimiento que él mismo había consignado en el remedo constitucional, no cabe duda de los deslices tiránicos en los que incurrió.

Al tratar de justificar las acciones tiránicas de Bolívar, José Obdulio Gaviria está abriendo espacios para excusar algunas pretensiones totalitarias a partir de la voluntad popular. Ciertamente se puede ser indigente intelectual pero no desagradecido, pues si Uribe incurre en la tentación, no pasará a la historia como uno de los mejores presidentes, sino como uno más de los tiranos bolivarianos… ¡Qué ingratitud!

Por Jaime Restrepo. Director de Atrabilioso.