7 de abril de 2010

Ofuscaciones estadísticas

Conviene no prestar demasiada atención a las encuestas que se publican sobre intención de voto. Sobre todo porque el tamaño de las muestras es irrisorio: en España, con un censo electoral parecido, cada encuesta que publican los grandes medios en épocas de campaña electoral se basan en diez veces más entrevistas, y no siempre son telefónicas. Y tampoco hay muchos argumentos para pensar que los encuestadores colombianos son más rigurosos.

Una prueba de la levedad de tales estudios es lo que suelen indicar respecto a la participación: tiende a suponerse que dos tercios del censo votarán, pero el día de las consultas no se llega a la mitad. Lo que pasa es que hay un perfil de quienes contestan las encuestas electorales, que tiende a ser de personas que sí votarán y que al mismo tiempo son más susceptibles de hacerse eco de lo que publican los medios. Ni los políticos que se basan en clientelas "amarradas" ni los muy conservadores resultan favorecidos.

Sumando la pequeñez del universo de las encuestas y las inclinaciones de quienes las contestan, resultan unos vaivenes de la opinión que sólo son el resultado de la figuración que en determinado momento tenga cada candidato: los entusiastas se apresurarán a opinar si les preguntan. Y si además se tiene en cuenta que apenas está comenzando la campaña, esas respuestas no reflejan la presencia pública que se deriva de la propaganda pagada.

De ahí que ni la votación que obtendría Noemí Sanín en las encuestas publicadas hace dos semanas ni la que aparecerá por Mockus en las que se publiquen este fin de semana se parecerán al resultado final. En ambos casos los candidatos se han beneficiado de una tremenda figuración. En el caso del ex alcalde la esperanza de la oposición de conjurar un triunfo de Santos en primera vuelta hace que muchas personas que normalmente votarían por candidatos comunistas o del grupo de Piedad Córdoba hagan campaña por él, tal como votaron por Sanín en la consulta conservadora.

Pero hay otros factores que no se tienen en cuenta: el principal es la existencia de otros candidatos que también buscarán figurar y tienen recursos para atraer votantes. La columnista María Isabel Rueda señala que era inevitable que Mockus y Fajardo se unieran. ¿Qué motivos debemos tener para dudar que lo mismo harán Petro y Pardo? Hoy en día no representan nada distinto, y obviamente no son tontos para no ver las ventajas de unirse, o mejor, la catástrofe a la que se enfrentaría cada uno de ellos si fueran derrotados de manera apabullante hasta por Mockus.

Por el contrario, unidos y arrastrando sus clientelas, sus recursos, sus maquinarias, sus banderas tradicionales, su retórica y la afinidad de los medios podrían superar tanto a Mockus como a Sanín y amenazar con pasar a segunda vuelta, circunstancia en la que los colombianos tendrían que hacer acopio de valor para resistir las ofertas y amenazas del sátrapa venezolano.

Y es que precisamente esa incertidumbre hará que mucha gente se decida a votar por Santos el 30 de mayo, por poco entusiasmo que despierte el candidato. Nadie espera que la votación llegue al 62 % que obtuvo Uribe en 2006, pero yo me atrevo a suponer que superará la mitad de los votos válidos, y en todo caso que estará muy cerca. Lo único que podría cambiar esa tendencia sería un error garrafal del candidato o de su campaña.

Buena parte de esa votación provendrá de la decantación de votantes que hasta hace poco habrían votado por los otros supuestos herederos de Uribe: no sólo los disuadirán los malos resultados previstos, sino la presencia de personajes odiosos para el uribismo, como Pastrana en la campaña de Noemí Sanín, o de gestos desesperados y torpes, como proponer Vargas Lleras la unión con Pardo y Piedad Córdoba. Es poco probable que estos dos candidatos sumen más de un 10 % de los votos, no tanto porque se ilusionen con Santos cuanto porque a la hora de emitir votos testimoniales es más cómodo no acudir a votar. A los únicos que les interesa que haya segunda vuelta es a los antiuribistas.

En caso de haber unión entre las candidaturas de Petro y de Pardo, la de Mockus se desdibujaría porque la mayoría de quienes hoy la promueven sólo buscan una figura que capte votos uribistas, lo cual puede ocurrir en una medida modesta sólo en Bogotá y Medellín. En cuanto los recursos y las clientelas aseguren mejor suerte para el candidato "liberal" en las encuestas el antaño odiado pedagogo se quedará con sus sermones, además porque nadie que no sea un iluso espera que le gane en toda Colombia una elección a un candidato uribista. En todos los casos, es poco probable que alguno de estos tres candidatos llegue al 20 %, ni que sumados vayan mucho más allá del 30 %.

Más que las encuestas importa lo que los candidatos efectivamente representan en la sociedad y el apoyo que han tenido en otras consultas. Y como la gente teme más que nada un retorno de las FARC, siempre quedará la duda de lo que haría un señor que nunca ha propuesto nada para combatirlas, aparte de la demanda de una disposición ciudadana a denunciar sin incentivos (como si a alguien le impidieran presentar una denuncia sin esperar recompensa), o de sus campañas con Claudia López o su ridícula petición de renuncia a Uribe.

Creo que en eso se quedará la candidatura de Mockus, pese al ruido que hoy en día produce la secta de psicópatas, con la esperanza de despistar a los votantes. Es una constante en todos los países que han sido víctimas del comunismo: se genera una vasta red de partisanos que empiezan a soñar con apropiarse de todo tras la revolución y adornan su ensueño criminal con toda clase de adjetivos. En Colombia la indolencia de la sociedad y en el fondo la misma base esclavista sobre la que se fundó han permitido que dicha red se forme en las "universidades" públicas con recursos de las víctimas. En aras de la toma del poder y la justicia social, dichos personajes, a menudo antiguos colaboradores del secuestro, intentan engatusar gente para que apoye a Mockus con el cuento de la "honradez", para después, si el grotesco ejecutante del zen tropical pasa a segunda vuelta, condicionar el apoyo, que necesitará para ganar, a actuaciones favorables al chavismo.

Pero esa situación hipotética es lo bastante molesta para que podamos suponer que a medida que avance la campaña la minoría opositora se reduzca a sus dimensiones reales: que la gente que teme una situación como la venezolana se decida a votar por el candidato continuista.


Por Jaime Ruiz

6 de abril de 2010

¡Manipular es irrespetar!

Cuando se quiere reflexionar sobre un concepto, lo primero que hay que hacer es buscarlo en el diccionario, y en Google, dirán los más jóvenes.

Bueno. Manipular, según el Diccionario Manual de la Lengua Española Larousse, tiene las siguientes acepciones: 1) Manejar una cosa con las manos; 2) Influir a una persona o intervenir en un asunto de forma maliciosa y poco honesta para conseguir un fin determinado. Manejar; 3) Controlar la conducta de una persona impidiendo que actúe con libertad; y 4) Mezclar o combinar un producto con otra sustancia para alterar su composición o para crear un nuevo producto.

La segunda y la tercera, “influir a una persona o intervenir en un asunto de forma maliciosa y poco honesta para conseguir un fin determinado” y “controlar la conducta de una persona impidiendo que actúe con libertad” que son las que tienen que ver con el ser humano, han despertado la atención de muchos especialistas y por supuesto la de muchos de nosotros: es el arma predilecta de quienes persiguen u ostentan algún nicho de poder.

El Diccionario de La Real Academia Española tiene otra adicional: “Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”

Precisamente queriendo ahondar en este tema, tan antiguo y tan de actualidad, me leí el libro “Yo te manipulo, y tú ¿qué haces?” del uruguayo Walter Dresel.

Para mi sorpresa Walter se centra en las formas violentas de hacer que otros actúen en contra de su voluntad, y sus intereses, y a favor de los del manipulador (habla de la presión, el chantaje y la violencia psicológica y física) cuando éstas parecen ser más bien métodos de dominación, que es el caso mas extremo de la manipulación. Soslaya aspectos como la mentira, la intimidación (muy común entre quienes poseen una superioridad física, económica o intelectual sobre los demás) la adulación, la desinformación, el buen trato, el soborno y la seducción como las formas mas civilizadas de manipulación.

No obstante le dedica un interés especial al desarrollo de la autoestima y el respeto propio, como medios de evitar ser manipulados, porque (nadie lo duda), la manipulación nace de la falta de respeto hacia nuestros semejantes, y sólo hay dos maneras de evitarla: tener una agenda propia, respetarse y hacerse respetar, o alejarse del manipulador.

Tampoco subraya que hay quienes manipulan sin malicia, y sin perseguir ningún beneficio personal más allá de sentirse útiles. Modificar el deseo de los demás es su forma natural de actuar. Nunca aceptarán que son manipuladoras, y por supuesto nunca estarán en la disposición (ni en la capacidad) de modificar su comportamiento respecto a los demás.

Es bueno aclarar que persuadir o convencer con argumentos a otros, que es lo inteligente, respetuoso y civilizado, es lo contrario de la manipulación. Como dijo Antanas Mokus en el Gran debate: “argumentos van y argumentos vienen, si me derrotan… (e inclinó la cabeza); pero igualmente espero que si los míos son más fuertes sean aceptados” Se refería a su relación con la clase política de salir elegido, ignorando, tal vez ingenuamente (académicamente) que en la política hay muchos intereses y muy pocas razones.

Por Miguel Yances Peña, columnista de El Universal de Cartagena.

5 de abril de 2010

La fachada del canje

Los amigos de las FARC quieren revivir el entusiasmo por la falacia del intercambio humanitario. Con las liberaciones de Semana Santa han puesto nuevamente de moda la exigencia del canje de terroristas condenados por uniformados secuestrados.

Resulta fundamental no perder de vista los oscuros motivos de las FARC para mantener como secuestrados políticos, según ellos prisioneros de guerra, a un grupo de policías y militares con algún rango dentro de las fuerzas armadas. El anhelo de ‘Tirofijo’, la ley de canje, es compartido no solo por el Secretariado de las FARC, sino por el grupo Colombianos por la Paz, quienes buscan el establecimiento de un mecanismo permanente para el intercambio de secuestrados por condenados.

Sin embargo, la utilización de los militares secuestrados tiene propósitos más siniestros que la presión para lograr un canje. Con los grotescos espectáculos de las liberaciones, y la nueva andanada de exigencias para el intercambio, las FARC y sus socios quieren mantener viva la fachada de insurgencia, detrás de la cual quieren ocultar y justificar su creciente participación en el narcotráfico.

Es que internacionalmente resulta cada vez más difícil que se le otorgue reconocimiento político a un grupo violento dedicado al tráfico de droga. Sin embargo, con las atrocidades disfrazadas como acciones motivadas en lo político, las FARC siguen vendiendo la apariencia de conservar sus propagandísticos propósitos altruistas y justicieros.

El macabro espectáculo de los últimos días, incluida la “liberación” de los restos mortales de Julián Ernesto Guevara, fue planificado con todo cuidado para lograr un impacto importante en lo mediático. Las FARC y sus socios saben que durante Semana Santa las noticias escasean y los medios están ansiosos de tener una información impactante para ocupar el espacio que de otra manera se concentraría en las actividades religiosas y en los operativos que se realizan en las carreteras del país. Las liberaciones en Semana Santa consiguieron capturar la atención de los medios y del público en el siniestro circo de Piedad Córdoba y su horda “humanitaria”.

Ya con la atención de los ciudadanos, las FARC y sus socios han dado el siguiente paso: revivir la exigencia del intercambio humanitario, enfilando baterías para culpar al gobierno de ser inflexible en una presunta negociación que ellos quieren mostrar como altamente conveniente para el país. Naturalmente, los abanderados del canje no mencionan las exigencias tozudas de las FARC ni mucho menos permiten que se recuerde el desprecio con el que los terroristas han recibido las muestras de buena voluntad del gobierno.

Si la intención fuera honrada, Piedad Córdoba, Gloria Cuartas, Iván Cepeda y demás Colombianos por la Paz tendrían que empezar por reconocer que el gobierno Uribe ha realizado no una sino dos liberaciones masivas de guerrilleros condenados, situación que los áulicos del terrorismo quieren dejar en el baúl del olvido.

Sencillamente esas liberaciones no sirvieron, según los "humanitarios", pues no fueron el resultado de una negociación y por consiguiente, no merecen el reconocimiento de las FARC. Pero la óptica cambia, como ocurre en aquellos vanidosos de la doble moral, cuando son los terroristas los que hacen “gestos humanitarios” de manera unilateral: ésos sí son ejemplos de buena voluntad y son vendidos al mundo como evidencias de los propósitos altruistas de buscar una solución política negociada al conflicto.

Lo cierto es que las excarcelaciones ordenadas por el gobierno no sirvieron a los propósitos de las FARC, pues no abrieron un escenario mediático y de presión que les permitiera obtener alguna ganancia política. En otras palabras: la negociación para el intercambio “humanitario” debe hacerse únicamente en los términos que le convengan al terrorismo, pues modificar las imposiciones de las FARC, resulta un acto inaceptable para los entusiastas de la claudicación.

La honradez tampoco les alcanza para explicarle al mundo la pretensión de excarcelar a peligrosos terroristas que están condenados por crímenes de lesa humanidad. ¿Cómo van a vender la idea de lanzar nuevamente a las calles y a los campos, a individuos que han sido condenados por secuestros, atentados con bombas y asesinatos despiadados de civiles y militares?

Tampoco se puede aspirar a que los abanderados del canje aborden siquiera las condiciones que deberían cumplir las FARC para concretar un intercambio. En este sentido, jamás dirán algo sobre un compromiso del terrorismo para no volver a secuestrar, ya sea por supuestos motivos políticos o económicos.

La posición del presidente Uribe —de condicionar la liberación de guerrilleros a un compromiso de los excarcelados de no volver a delinquir— es completamente coherente con el mandato que tiene el Estado de velar por la seguridad de sus asociados. Así mismo, la decisión de abrir la posibilidad de un canje únicamente con los condenados por crímenes que no sean de lesa humanidad, representa el acatamiento de las normas internacionales que impiden cualquier concesión frente a ese tipo de delitos.

En el juego macabro de las FARC y de sus "humanitarios" secuaces, la exigencia es que los colombianos debemos abrir un escenario en el que se revitalice el secuestro y se vuelva cotidiano el intercambio de terroristas condenados por militares plagiados. A los únicos que les conviene semejante adefesio es a las FARC, a los políticos amparados en la imagen de luchadores por la paz y a los medios de comunicación, que tendrían de vez en cuando la posibilidad de cautivar al mundo con el espectáculo del intercambio de servidores públicos por criminales. Sobra decirlo: los civiles secuestrados no serán tenidos en cuenta, pues no representan un músculo eficaz para doblegar al Estado.

Por Jaime Restrepo.